A propósito de la Batalla del Cibao

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Al examinar los acontecimientos del decisivo encuentro sostenido el 30 de marzo de 1844, al pie de esta legendaria ciudad de Santiago, que culminaron con la derrota de los invasores haitianos y con su definitiva expulsión de la región del Cibao, hasta más allá de la ribera occidental del río Masacre, he descubierto un vacío incomprensible en las obras que describen el período extraordinariamente importante de la gestación de nuestra nacionalidad, así como de las acciones que plasmaron el ideal de Duarte y de todos los Trinitarios.

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Palabras pronunciadas el 30 de marzo de 1973 por el doctor Federico C. Álvarez Hijo, en el Ateneo Amantes de la Luz de Santiago, con motivo del 129 Aniversario de la Batalla del 30 de Marzo.

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Parece ser que los historiadores, en su afán de dar brillo y mayor realce a los hechos más trascendentes, concentran sus exposiciones y se dedican a analizar un número tan reducido de acontecimientos, que se crea la impresión   que únicamente esos hechos son los que tienen relevancia histórica.

De este modo también se crea la falsa apariencia de que dichos acontecimientos surgen milagrosamente, sin aparente relación entre sí y sin que se vislumbre cómo pudieron consumarse. De ahí que nuestra independencia nacional parezca a muchos una leyenda y que otros pretenden hasta negar los hechos mismos que más contribuyen a su afianzamiento.

Para la mayoría de nuestro pueblo, la gesta de la independencia se resume en estos cuatro acontecimientos: la fundación de la Trinitaria, el 16 de julio de 1833; la proclamación de la República, el 27 de febrero de 1844; y, por último, las batallas de Azua y de Santiago, el 19 y el 30 de marzo del mismo año.

No se examina ni se explica que, para lograr la independencia de una nación, para unir a los hombres que estén dispuestos a morir en la lucha por la consagración de sus ideales, especialmente cuando tienen ante si las perspectivas de una guerra desigual, se requiere la participación de numerosas personalidades, en un esfuerzo común, convincente y perseverante, digno de titanes.

Con esto no quiero expresar que no se hayan realizado estudios e investigaciones encaminados a señalar el origen y la causalidad de diversos aspectos relacionados con los hechos estelares mencionados. De ninguna manera. No obstante, conviene señalar que estudios de esta naturaleza aún no se han realizado sobre numerosos e importantes aspectos de la etapa de nuestra historia a la que me estoy refiriendo.

Tampoco existe la descripción ordenada de la labor que tuvo que ser necesariamente realizada para mover a todo un pueblo, en los momentos precisos, con una unidad de acción, una  convicción y una fe que resultan verdaderamente admirables.

Muchos aspectos de los acontecimientos acaecidos en la ciudad de Santo Domingo el 27 de febrero han sido analizados, discutidos, tergiversados y vueltos a examinar. Resulta pues relativamente fácil reconstruir y narrar, en forma sistemática, el acontecer de los hechos en la época de la proclamación de la Independencia, en la aludida ciudad. Más, Santo Domingo no es la República Dominicana. La población de esta ciudad era muy escasa para el año 1844. Las tropas formadas en el Sur del país no intervinieron para lograr la capitulación de las guarniciones haitianas destacadas en cada una de las ciudades del Cibao. Tampoco recibió el Cibao refuerzos militares para combatir las legiones de Pierrot que amenazaban avasallar toda la región.

Es preciso reconocer que al momento de producirse la proclamación de la República, los habitantes de esta región del país debían contar con líderes, identificados con el ideal duartiano, capaces de movilizarlos y de encausarlos por la senda que era necesaria para alcanzar el buen éxito de la empresa en que esos líderes necesariamente ya estaban comprometidos.

¿Cómo lograron los trinitarios los adeptos necesarios para inculcar el espíritu de la nacionalidad entre los líderes locales de todo el país? ¿Cómo se produce en el Cibao la identificación de esos líderes y de las masas con el ideal de independencia consagrado por Duarte y sus compañeros en el juramento del 16 de julio de 1838?

Estas grandes interrogantes aún no han sido contestadas en todos los aspectos de su extraordinaria magnitud. La inquietud causada por este vacío de la historia de esas épocas que ahora planteo ha sido compartida por muchos. Se han realizado esfuerzos serios para completar el estudio de los acontecimientos desarrollados durante esa etapa de nuestra historia.

Precisamente, este glorioso Atenao “Amantes de la Luz” auspició en 1938, con motivo de celebrarse el centenario de la fundación de la Trinitaria, un concurso literario, entre cuyos temas figuró el de “Contribución de Santiago a la Obra de la Independencia” del cual resultó laureado el trabajo presentado por uno de nuestros más profundos e ilustrados historiadores, Don Emilio Rodríguez Demorizi, actual Presidente de la Academia Dominicana de la Historia. Esta obra sienta las bases para contestar muchas de las cuestiones a que he hecho referencia y sería conveniente su reproducción, pues la edición original está agotada desde hace varias décadas.

El presente estudio no tiene el propósito de contestar las preguntas que han sido formuladas. Más, creo rendir un homenaje digno de los héroes de la Batalla de Santiago al mencionar en esta ocasión algunos de los hechos más destacados acaecidos en el Cibao y que revelan la existencia de un gran número de personas iniciadas en el pensamiento trinitario, por cuya mediación se logró alcanzar la identificación de los habitantes de esta región con el espíritu del ideal concebido  por Juan Pablo Duarte. Sin este esfuerzo múltiple no hubiera podido lograrse el triunfo del 30 de marzo de 1844.

Aún no han sido esclarecidas suficientemente las actividades realizadas por Duarte y l os demás Trinitarios tendientes a obtener los adeptos necesarios para la realización de la noble causa por ellos concebida. Los estudios realizados generalmente se circunscriben, como he dicho, a las actividades desarrolladas dentro del perímetro de las murallas de la ciudad de Santo Domingo. Sería conveniente emprender la tarea de recopilar los datos disponibles correspondientes a este importante período histórico de la gestación del movimiento independentista.

Establecer quiénes llevaron la concepción de Duarte a cada región, a cada pueblo. Determinar cómo fueron transmitidas esas ideas y cuáles personas, en cada una de las poblaciones del país, se identificaron con las mismas y formaron los núcleos básicos que sirvieron como catalizadores en la formación de nuestra nación y en el establecimiento de la República Dominicana.

Los datos disponibles para el período comprendido entre 1838 y 1842 están muy dispersos y son incompletos. Más, cabe afirmar que los logros alcanzados por los Trinitarios durante ese período debieron ser muy favorables y abarcan todo el territorio de la incipiente nación, pues sólo así puede concebirse una explicación lógica a los resultados logrados por ellos en todo el país entre los meses de marzo a junio de 1843, con motivo de la revolución haitiana de La Reforma, que liquidó la tiranía férrea que durante 24 años sumió a toda la isla bajo la égida de Boyer.

Don José Gabriel García nos habla de los riesgos que corrieron Silvano Pujol y Manuel Legisamon en Puerto Plata, durante el año 1842. También nos relata lo expuesto que estuvo Juan Evangelista Jiménez en La Vega, para esa misma época. Estos datos confirman el criterio que estoy tratando de expresar.

Debemos examinar más a fondo la obra de Duarte y sus compañeros trinitarios. No obstante la juventud de casi todos ellos, debemos reconocer su gran habilidad política. Borrar la imagen que desde el inicio de la conspiración conservadora de Bobadilla y de Santana, se ha pretendido crear, mostrándolos como ilusos e idealistas.

Sí, ellos estaban colmados de ideales, pero pisando con paso firme el escabroso camino de la conspiración que culminaría con la liberación nacional.

A pesar del tiempo transcurrido, del amor que se profesa a Duarte, de la admiración que despierta la obra de los Trinitarios, aún no se ha destacado suficientemente la extraordinaria urdiembre conspiradora que Duarte, no obstante su fresca juventud, supo crear, dirigir y conducir con mano firme hasta la sublime ejecución

sellada por el trabucazo comprometedor de Ramón Matías Mella.

El mismo historiador citado, en su Compendio de la Historia de Santo Domingo (Tomo II, pág. 196, tercera edición, 1894), nos señala que hubo numerosos dominicanos:

“que lucharon como buenos, a la par de los iniciados en las demás localidades, pues que es de notoriedad que en todas las había que estaban incondicionalmente al servicio de la idea redentora, y que la propaganda a su vez con ardor y entusiasmo, unificando las voluntades para encaminarlas sin reservas a la creación definitiva de la patria”.

Tratemos de consignar algunos de los hechos que revelan las actividades conscientes  y deliberadas de los trinitarios en el Cibao, en su empeño de aunar a su Pueblo y conducirlo a su liberación definitiva. Pero antes hay que destacar la importancia que tuvo para nuestra Patria la activa participación que, por disposición de Duarte, los trinitarios y sus seguidores mantuvieron durante la revolución haitiana que produjo la caída del régimen de Boyer.

Duarte con una visión incomparable comprendió que si los dominicanos participaban activamente en esa revolución podrían debilitar las fuerzas haitianas, al mismo tiempo que creaban la confianza entre los dominicanos y ampliaban la influencia del movimiento dirigido por él.

El 26 de enero de 1843 pacta Mella, en su calidad de enviado de Duarte, con los conspiradores haitianos en Los Cayos. El 24 de marzo del mismo año reciben Duarte y sus compañeros trinitarios el bautismo de fuego en la Plaza de la Catedral. El día 30 de marzo, hace precisamente hoy 130 años, se forma la Junta Popular de Santo Domingo, integrada por Duarte, Pina, Manuel Jiménez, Pontieux y Morín. Es decir por tres dominicanos y dos haitianos.

Concomitantemente, aquí en Santiago, Ezequiel Guerrero, Sebastián y José Desiderio Valverde, Román y Juan Luis Franco Bidó, Narciso Román y otros próceres resueltos “recorren las calles de la población con banderas desplegadas, dando vivas a la libertad”, viéndose obligados a dispersarse ante la firmeza del general Charrié y del Coronel Juan Núñez Blanco, este último asociado con los haitianos desde el año 1822.

No obstante, forzados Charrié y Núñez a aceptar las consecuencias de la revolución haitiana de Praslín, ya en las elecciones de junio de 1843 las personalidades santiagueras recién nombradas resultan electas para integrar la Junta Popular de Santiago.

En esas mismas elecciones, impulsadas por las gestiones realizadas durante esta etapa por Mella, las candidaturas aspiciadas por los iniciados en el movimiento trinitario también colaborando con los revolucionarios haitianos, obtienen resonantes éxitos en La Vega, Macorís, Cotuí y demás poblaciones del Cibao.

Como es natural, los resultados electorales pusieron de manifiesto la naturaleza del pacto que Mella había establecido en enero de 1843. El gobierno haitiano comprendió que no se trataba simplemente de una cooperación de los dominicanos con el movimiento reformista haitiano.

La destacada actuación de los líderes trinitarios revelaron sus verdaderas intenciones y la magnitud del movimiento que hasta ese momento había permanecido oculto. Esta circunstancia motivó la expedición comandada por el General Charles Herard, iniciada por Dajabón en los primeros días de julio de 1843.

El 6 de julio es hecho preso en Santiago Rafael Servando Rodríguez, cuñado del mismo Ignacio Contreras que un año después fue ayudante de Mella y que habría de proclamar como Presidente de la República a Juan Pablo Duarte, en la Plaza de Armas de esta ciudad. Junto a Rodríguez fueron reducidos a prisión Manuel Morillo, José Mella Veloz, Pedro Juan Alonso y Jacinto Fabelo, los cuales fueron enviados a Haití por vía marítima, desde Puerto Plata.

En Moca, Herard hace preso a Francisco Antonio Salcedo y, más tarde, descubre que el entusiasmo de los dominicanos en San Francisco de Macorís, influidos por los ardientes impulsos de Mella, habían depuesto al comandante de la Plaza Coronel Charlot y comprueba que todos los concejales eran partidarios de Rafael Servando Rodríguez, es decir, iniciados en el movimiento trinitario.

Herard hace preso al Presbítero Salvador de Peña, Párroco de Macorís y a varios de sus compañeros, entre los cuales figuran Manuel Castillo Alvarez, Juan Bautista Ariza y Baltazar Paulino y, por último, en Cotuí apresa al Prebistero Puigvert y a Ramón Matías Mella, mientras este último realizaba abiertamente su campaña patriota, y repuso al coronel Prudhomme que había sido depuesto por los vecinos de este pueblo.

A este respecto, oigamos las palabras del ilustre Don Federico Henríquez y Carvajal (Discurso, 27 de febrero 1891, Clío, No.76-75, pág.36), refiriéndose a las actuaciones de Mella en esa época:

“El Cibao fue su campo de acción. No lejos del Yuna estaba el misionero separatista, cuando la delación artera pretendió que abortase el plan revolucionario. Y mientras el jefe de la Revolución se libraba del cadalzo, merced a previsor ostracismo, iba Mella, en cuerda de presidio, a purgar en inmunda mazmorra el feo delito de ser patriota y ser dominicano”.

Ausentes Duarte y Mella, Vicente Celestino Duarte y Sánchez redactan el primero de los manifiestos separatistas, del cual se sacaron solamente cuatro copias, una de las cuales es llevada a todos los pueblos del Cibao por Juan Evangelista Jiménez. La lectura de este documento el día de Las Mercedes del año 1843, en el Santo Cerro, provocó reacciones tan encendidas “como la de Manuel María Frómeta, quien ofreció que sus hijos servirían de cartuchos” para lograr el éxito de la empresa proyectada. Jiménez, perseguido en Santiago por el general Morisset, se esconde en la residencia de las hermanas Villa, en La Vega. Pocos meses después estas heroicas patriotas presentarán a Pedro Ramón de Mena la primera bandera nacional izada en el Cibao, el 4 de marzo de 1844.

Liberado Mella en las postrimerias del año 1843, recorre nuevamente el Cibao. Después logra que el esfuerzo de los trinitarios sea respaldado por los conservadores encabezados por Tomás Bobadilla, a quien se atribuye la frase oportunista siguiente:

“Yo me voy con los muchachos, porque veo que se van a salir con la suya”.

De esta alianza surge el conocido manifiesto del 16 de enero, cuya firma se inicia con las de Bobadilla, Mella y Sánchez. Este documento, en su original y en la edición del 1847, incluye las firmas de distinguidos patriotas santiagueros, a saber: Jacinto Fabelo Román y Juan Luis Franco Bidó, Rafael Rodríguez y Miguel Rojas.

El 30 de enero llegan procedentes de Haití a Santo Domingo los regimientos 31 y 32, que Herard había trasladado el año anterior, integrados en su mayor parte por dominicanos comprometidos en el movimiento, circunstancia que precipita los acontecimientos y abre el camino para la epopeya de la noche del 27 de Febrero.

Mella, presidente de la Junta Gubernativa el 28  de Febrero, suscribe el acta de capitulación haitiana y más tarde designa a Juan Nepomuceno Ravelo para la honrosa misión de notificar al Apóstol la constitución de la República, así como a Pedro Ramón de Mena, para que informe a los comprometidos en el Cibao de los acontecimientos y logre el pronunciamiento de los pueblos.

Las funciones delegadas a Pedro Ramón de Mena, quien estuvo acompañado del Capitán Leandro Espinosa, lograron un gran éxito, consecuente con la labor que habían realizado el año anterior Mella y Juan Evangelista Jiménez. Cotuí se adhirió sin vacilaciones a la causa de la República el 2 de marzo, Macorís tampoco tuvo dificultades para sumarse a la causa dominicana a diligencias realizadas por Manuel Castillo Alvarez, quien había  regresado de su prisión en Haití.

En La Vega, tanto el General Felipe Vásquez como el Coronel Manuel Machado, se abstuvieron de aherirse, aún cuando tampoco hicieron oposición armada. Cristóbal José de Moya solicitó garantías para la suerte de las familias, a lo que replicó garantías para la suerte de las familias, a lo que replicó el Coronel Toribio Ramírez que él y sus guardias nacionales “servirían de muralla para contener el furor de los haitianos”. Con estas palabras terminó de lograrse el respaldo de La Vega, bajo el liderazgo del Presbítero José  Espinosa, del iniciado Juan Evangelista Jiménez. Juan Alvarez Cartagena, José Taveras, José Gómez, Bernardino Pérez y otros. Acto este que concluyó con el enhestamiento de la bandera nacional que para estos fines ya habían confeccionado las señoritas Villa.

Enterado el Corregidor de Moca, General José María Imbert, de los acontecimientos acaecidos en La Vega, sin esperar la llegada del Delegado Mena, en la tarde de ese mismo día leyó en el templo de esta ciudad su “Proclama a los habitantes del Este”, la cual, según la tradición, fue redactada por el padre Anselmo Ramírez.

El 6 de marzo, mientras el General Morisset concentra sus tropas en la Fortaleza San Luis, Mena se reúne con la municipalidad de Santiago y las personalidades más destacadas de la ciudad. La tradición señala  que Santiago Espaillat y otros cuestionaron la protección con que contaban los dominicanos. Más, aun no había acabado de hablar –relata el historiador García- “cuando Domingo Daniel Pichardo dijo con sublime energía que “para sostener la separación proclamada bastaba con el pecho de todos los dominicanos”.

De inmediato se requirió la rendición del general  Morisset, el cual, después de tres días de asedio, optó por capitular y fue enviado a Santo Domingo, acompañado de la oficialidad y soldados haitianos, bajo la custodia del comandante Juan Alvarez Cartagena.

Una columna mixta compuesta por tropas veganas y santiagueras se dirigen de inmediato a Puerto Plata para lograr la rendición de la guarnición haitiana comandada por el General Cadet Antoine.

Además de Mena, encabezaban esta columna Ezequiel Guerrero, Domingo Daniel Pichardo y Juan Ulises Franco Bidó. La capitulación de Puerto Plata se produce el 14 de marzo a los veganos y santiagueros regresan apresuradamente a Santiago para contribuir a la defensa de esta ciudad.

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