Belleza del país deslumbró a Castro



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En su trato Fidel era un hombre sencillo, afectuoso, con un extraordinario sentido del humor, que es una característica que distingue a los cubanos. Discreto, respetuoso en el uso de las palabras, demostró tener conocimientos enciclopédicos en el terrero económico, político, histórico, científico, que asombraba a quienes le trataban.

Aseado, correcto en el vestir, acicalado, hablaba a veces en tono quedo por lo que había que acercarse para escuchar las palabras y las ideas que expresa. Descendió del avión con las insignias de comandante en jefe en sus hombros, bordadas con esmero en los colores negro y rojo como fondo, de una hermosa estrella amarilla.

En la conversación de esa noche expresó admiración por la belleza de la mujer dominicana y el color de su piel. Sin equívocos de mala fe, Fidel es un hombre que se siente cálidamente atraído por la belleza de la mujer y durante el tiempo que permanecimos a su lado, permitió retratarse con infinidad de mujeres dominicanas de todas las edades y colores, que quisieron hacerlo.
Así procedió en el Palacio Nacional, en el hotel Jaragua, en el Museo de las Casas Reales, en la casa del arquitecto Hernán Vásquez y en Baní, y en esos momentos lo vimos responder amable y cortésmente las preguntas que le dirigían, que él a su vez convertía en humorísticas respuestas, muchas veces salpicadas de malicia.

El viernes 21 de agosto de 1998, los presidentes, jefes de Estado y Ministros de Relaciones Exteriores, fueron trasladados al restaurant “Vesubio” en uno de los autobuses asignados, lugar al que llegaron acompañados del presidente dominicano.
El entonces presidente cubano elogió la calidad del almuerzo que tenía como plato fuerte filete de chillo, simplemente con mantequilla “a la grilla”.

Allí le fueron presentados los miembros de la familia Bonarelli, dueños del restaurant, encabezados por Enzo a quien Fidel inquirió por el origen de esa familia y Enzo respondió que era italiana y napolitana. Se retrataron con el líder revolucionario quien al regresar al hotel reiteró su complacencia del almuerzo y la calidad del mismo y nos preguntó qué tipo de pescado era el “chillo” y en qué lugar de nuestras costas se pescaba.

En esos momentos en presencia del presidente Leonel
Fidel externó su queja por la cortina del autobús que no le permitía ver la hermosura del trayecto y de la costa, calificándola como una “guagua policial”.
Su intervención en la conferencia fue seguida con atención y el respeto que su categoría histórica y su inteligencia y dominio de los temas que trata se merece.

En su intervención en la conferencia, breve, precisa, bien redactada, sus palabras perfilaban que los principios y criterios que ha expuesto y defendido siempre, en el orden político, económico y social son los mismos. En el orden físico los años como regla de vida, han pasado pero Fidel Castro Ruz en ese aspecto sigue siendo el mismo.

Para entonces ya habíamos hablado en el orden histórico y político de temas diferentes relacionados con la República Dominicana; desde el proceso del inicio de la conquista y la colonización pasando por el asalto, destrucción e incendio del fuerte “La Navidad”, acción realizada por Caonabo y Mairení, a la construcción de la ciudad colonial bajo el mandato de Nicolás de Ovando; el desarrollo de la industria colonial azucarera, la extracción y lavado de oro bajo el régimen de explotación de la esclavitud y la servidumbre; el gobierno del Diego Colón y la aparición de los primero ingenios en la parte sur de la isla y el importante capítulo de la protesta de los sacerdotes de la orden de Santo Domingo, hecha pública por el Sermón de Adviento pronunciado por Fray Antón de Montesinos.
Fidel quiso saber cuál era el origen de Trujillo y sus características físicas. Si era cierto que era un hombre de valor que se había defendido con firmeza al momento de su muerte y otros detalles en relación con el trato que el dictador dominicano le había dispensado a Fulgencio Batista, durante su estadía en República Dominicana.
Quiso saber también la edad de Trujillo al momento de su muerte. Esa misma noche durante el trayecto hacia el Country Club donde serían agasajados, hablamos de las características geográficas del país, la fertilidad de sus tierras, la abundancia de ríos y fuentes fluviales, en proceso de extinción por la implacable devastación de nuestras cordilleras, lugar de nacimiento de los ríos más importantes del país entre los cuales se encuentran el Yuna, de dimensión continental, el Yaque del Norte y el Yaque del Sur, el Ocoa y otros.
Antes de llegar al Country Club, Fidel quiso saber la naturaleza en el orden social, de ese centro recreativo, señalándome de paso las características de los centros sociales de Cuba antes de 1959.
Dijimos a Fidel que en nuestro país hacía más de cien años que la discriminación racial había desaparecido; que la pobreza había igualado a la familia dominicana y que más del setenta por ciento de la población nuestra era mulata; un veinte por ciento negra y un diez por ciento de varios pintos, en el cual tal vez un tres por ciento era auténticamente blanca.

La severidad de la tiranía, en un largo proceso de treinta años, jugó un papel importante frente a esos problemas raciales. Agregando, como respuesta a su inquietud, que en nuestro país existían prejuicios fundamentados en razones de clase, por categorías económicas.
Como ironía de la historia Fidel Castro Ruz, líder de la revolución cubana, fue ovacionado de pies en el Country Club de Santo Domingo, fundado por ciudadanos estadounidenses hace más de cincuenta años.
En ese lugar tuvo la oportunidad de conocer y saludar, presentado por nosotros, al general Antonio Imbert Barrera, en ese tiempo único sobreviviente del grupo de valientes que ajustició a Rafael Trujillo Molina en mayo de 1961.
La recepción del Country Club y la cena íntima que ofreció luego a sus invitados el presidente dominicano, agradaron profundamente al presidente cubano, por la espontaneidad de las simpatías y admiración que fueron externados casi unánimemente por los presentes.
Cuando retornábamos al hotel, pensativo y luego de conversar brevemente con uno de sus asistentes, Fidel nos dijo que su visita a Santo Domingo debió haber sido mucho tiempo atrás; que el pueblo dominicano era realmente un pueblo admirable, amable, con grandes cualidades humanas. En el trayecto reiteró el calificativo de “guagua policial” al autobús que lo transportaba porque no le permitía contemplar las características de la ciudad.
Su curiosidad pudo quedar satisfecha a partir del sábado a mediodía cuando, luego de clausurada la conferencia, nos trasladamos en uno de los automóviles que había traído de Cuba a la ceremonia de reconocimiento organizada por el Ayuntamiento del Distrito Nacional en la Casa de los Museos Reales. Fidel quedó fascinado con la belleza del malecón y el perfil de la ciudad colonial. Quiso saber qué era el obelisco, con que había sido erigido y que representaba el otro monumento situado en el inicio de la calle Palo Hincado. Nuevamente requirió saber quién había construido y en qué fecha la avenida junto al mar y el parque Eugenio María de Hostos.

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