Día histórico: 16 de agosto de 1863



La Guerra de la Restauración comenzó el domingo 16 de agosto de 1863, primer día de una semana inmortal, en la montuosa comarca de Capotillo Dominicano, con un estentóreo y trágico grito de Libertad o Muerte. Los que bajaron ese día de la legendaria sierra, en franca actitud bélica, con el pabellón de la cruz blanca y los cuadros rojos y azules desplegado, fueron José Cabrera, Santiago Rodríguez y Benito Monción. A éstos, y sus pertrechos de guerra, los esperaban los siguientes señalados comprometidos: Pedro Antonio Pimentel y Juan Antonio Polanco.

Los dos primeros, Cabrera y Rodríguez, se encaminaron en dirección de Sabaneta. Monción se unió a Pimentel; éstos emprendieron la laboriosa, heroica e imponderable persecución de Buceta. Polanco, ya bastante bien armado, empezó la guerra propiamente dicha con la expugnación de Guayubín.

En los días 16 y 17 de agosto no sonaron los tiros (Diario de Buceta; en la fecha de Monción hay muchas equivocadas); éstos rompieron en el asalto y toma de Guayubín, llevados al cabo en la mañana del 18, por el coronel Juan Antonio Polanco, y en los ataques empezados ese mismo día también por Pimentel y Monción contra los soldados que escoltaban al comandante general del Cibao Manuel Buceta, refriegas estas últimas que terminaron en combates casi singulares “en la parte arriba del Cementerio de Guayacanes y en El Cayucal”.

Dice Manuel Buceta en los comentarios del día 17 de su Diario: “En este día se recibió una comunicación de Guayubín manifestando que un hermano del alcalde de aquella población había manifestado a la autoridad municipal, que se le había dicho que el coronel D. Juan Antonio Polanco, recientemente amnistiado, tenía comprometidos a algunos paisanos para sorprender aquella población” (Anexión y Guerra de Santo Domingo, por el general La Gándara, T. 1., pág. 311). Monción y Pimentel le enviaron las armas y municiones entradas de Haití el 16, que Polanco les había encargado, y este bravo y sobresaliente oficial, jefe de regimiento, llevó al cabo lo que les tenía prometido a sus compañeros, la operación con la cual empezó la guerra propiamente dicha de la Restauración: sorprendió y ocupó a Guayubín en la mañana del 18, llevando como subalternos a Francisco Antonio y a Félix Gómez.

El coronel Polanco ordenó un incendio local, para hacer rendir la guarnición, y el voraz elemento destruyó casi toda la población, y hasta enfermos hospitalizados sucumbieron.

El coronel Polanco dejó tendidos en el campo al general Sebastián Reyes, a la sazón teniente gobernador, “vecino y rico propietario del pueblo de Guayubín, que en los últimos acontecimientos se distinguió como partidario de la causa de España”; al teniente de San Quintín, Montero; al alférez Notario, de cazadores de África, y a casi toda la guarnición. El 6 de septiembre siguiente, otro hermano del coronel Polanco, el general en jefe Gaspar, “mandó quemar una casa de madera contigua al fuerte de San Luis, Santiago”, “para que el humo y las llamas acosaran a sus defensores”, y “el fuerte viento que estaba soplando lo propagó a casi toda la población”. (De Capotillo a Santiago, por Benito Monción, etc.).

¡Los valentísimos y homéricos hermanos Polanco, en el enardecimiento de sus pasiones patrióticas, gritaron dos veces en la Guerra Restauradora: ¡Arda Troya! ¡Y sigan el rastro de la candela, para emular a Héctor el Ilión y a Máximo Gómez en la sublime campaña de la invasión de Cuba, y llegar así al triunfo! Esta misma bandera de fuego fue también enarbolada en Puerto Plata el 4 de octubre de 1863, la cual estuvo en su inmaterial e inasible asta durante tres días y tres noches; pero en este sitio y oportunidad sus enhestadores fueron los hispanos: los soldados del nuevo gobernador brigadier Rafael Primo de Rivero, que quisieron ver el abrazo que se dieron en esta data Gaspar Polanco, general en jefe de sus sitiadores por espacio de diez y siete meses y Benito Martínez, quien los hirió en ese día con su defección.

Y para poder seguir viéndolos y agrediéndolos, sin el parapeto encubridor de la ciudad, a aquellos dos temibles y gigantescos capitanes, mientras la guerra durase! Por eso dijo el capitán Ramón González Tablas, en la pág. 105 en su Historia de la Dominación y última Guerra de España en Santo Domingo: “Después de la destrucción de la ciudad, podían verse ya cara a cara los dos bandos enemigos, a los que servía de línea divisoria o campo central el carbonizado sitio que aquello había ocupado”.

Una vez en posesión los restauradores de San Lorenzo de Guayubín, la caída del resto de la Tenencia del Gobierno era la consecuencia forzosa. Dice el general Gándara en la pág. 307 del T. 1ro. de su citada obra: “Por un nuevo parte del coronel Abreu de fecha 21 llega a noticia del capitán general una comunicación directa del general Hungría del 20, confirmándole el incendio de Guayubín y la destrucción casi completa de su guarnición. Hungría además afirmaba hallarse de nuevo y resueltamente alzado el estandarte de la rebelión; manifestaba, que, a su juicio, era muy crítica la situación de los destacamentos de Capotillo, Dajabón y Sabaneta, después de haber caído Guayubín en poder del enemigo”.

Tanto era certísimo todo esto, que la tropa española embotellada en Dajabón, la cual estaba mandada nada menos que por el terrífico Campillo, tuvo que refugiarse en Haití, sin pelear, a la sola nueva de que las tropas restauradoras mandadas por el coronel Juan Antonio Polanco, el expugnador de Guayubín, quien llevaba como segundo al comandante José Antonio Salcedo, se acercaban a la plaza.

El Cabo Peninsular, en su Diario de las Operaciones de la Guerra de Restauración, códice que se conserva en el archivo del historiador García, y que el Licdo. Leónidas García Lluberes publicó en el No. 109 de Clío, de enero-marzo de 1957, le llamó Guerra de Guayubín a la Guerra Restauradora, porque ésta comenzó real y efectivamente en la pequeña población de Guayubín. Se expresa así el cabo historiador: “18-20, 21, 22 y 23 id., Guerra de Guayubín, columna de D. Florentino García, muerte del mismo, de doña Beite y de Robles”.

Todos, españoles y nacionales, vieron brotar nuestra segunda gran epopeya, como una tromba coronada de relámpagos, de Guayubín, y nada más que de Guayubín. El Pbro. Dr. Manuel González Regalado y Muñoz, quien en realidad era antianexionista, y el cual fue después, mandado preso por los españoles al Castillo del Morro de La Habana, habló en la siguiente forma a sus feligreses en carta del 27 de enero de 1864, dada a la luz en la Gaceta de Santo Domingo del 8 de febrero de ese mismo año, No. 261: “Cuando se acercó a nuestro pueblo (Puerto Plata) la Revolución devastadora, y que tanto nos aflige, os dirigí con fecha del 29 de agosto de 1863, una circular para que por medio de los capitanes de partido, a los que les recomendaba que os la leyeran, llegara hasta vosotros mi voz paternal, con el objeto de ver si escuchándola, hubiera yo logrado, como lo deseaba, contener el torrente, que desbordándose del infausto Guayubín, venía inundado nuestra querida Patria, hasta entonces tan tranquila y pacífica, y por consiguiente tan feliz y prosperante”.

¡Loor a San Lorenzo de Guayubín, la heroica villa del ángulo fluminense, cuyo vértice se convirtió en volcán el 18 de agosto de 1863, y escribió con fuego y con sangre el primer capítulo de nuestra segunda gran cruzada libertadora! ¡El gentilicio guayubinero o guayubinense honra a quien lo lleva, porque evoca toda una historia de Patria, Heroísmo y Libertad!

(*) Del libro: “Duarte y otros temas”, Academia Dominicana de la Historia, Santo Domingo, 1971.

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