Dime, Miguel



Efraim Castillo

Él, Miguel Alfonseca, estuvo entre lo mejor de aquella generación maldita del 60; él, como lo que sintieron y padecieron los héroes anónimos de nuestra historia, no traicionó ni se arrinconó ante las desvergüenzas sociales. Porque él, Miguel Alfonseca, sintió entre las fibras húmedas y nostálgicas de su corazón, los dolores que desgarran la sociedad.

Sí, él, como un gigante, no claudicó frente a la ofensa a la Patria y por eso mi canto siempre estará a su lado, esgrimiendo su recuerdo como una antorcha, como una señal luminosa en medio de la niebla. Y por eso, también, cada tarde de sol o lluvia, de viento o resequedad, le pregunto con la voz enroscada entre las visiones que me aprisionan, el porqué ya no suenan los truenos como campanas solidarias.
Cada tarde le pregunto a Miguel sobre el rumbo del país, y espero su respuesta para quebrar y fragmentar la ilusión del sueño, justamente allí donde se violan las estaciones que gritan al hastío de los tiempos. Le pregunto a Miguel con tristeza, con el ahogo aprisionándome la garganta, si ya no se volverán a escuchar cantos como los de Pedro Mir, como los de Jacques Viaux, como los de René del Risco, como los de Grey Coiscou, y vuelos de estampas coléricas impregnando los muros como los de Silvano, Condecito y Oviedo.

Y esperando las respuestas, pregunto a Miguel, ¿cuántos más partirán en esta procesión de ángeles? ¿Cuántos de los gritos iracundos quedarán aquí junto al fuego para despertar los truenos? Entonces, como un relámpago, señalo a Miguel la imagen de la mañana en que San Carlos se abría a la lluvia, a los pregones amados, a las esquinas que aguardaban la bruma, a las caminatas presurosas desde la 30 de marzo hasta el Parque Independencia para desafiar los silencios, los filosos aceros de la barbarie donde el imperio mueve sus marionetas y esgrime sus metáforas transmutadas entre ecos de campanas.

Sí, Miguel, aún está aquí la lluvia con sus gotas de plata refulgiendo entre la humedad del aire y un inusual revoloteo de palomas; está aquí, Miguel, saturando los huecos del asfalto, enmoheciendo los pórticos celestes y abismándolo todo en un dolor de espigas que se abren— entre heridas de muerte— frente al balcón de la tarde.

Pero, ¿hacia dónde, Miguel, se habrá marchado la apretada y reluciente alborada? ¿En cuál perdido lugar estará la utopía prometida por Manolo sobre las escarpadas montañas de Quisqueya? Dime, Miguel, ¿podrá un anciano, un soldado, un abandonado bracero de las cañas, un Dios alado, o alguien capaz de sumar sonrisas, explicar con voz que repercuta en las esquinas onduladas del planeta, la presencia que niega la vida? ¿Podría el hombre imaginado por el Che, vislumbrar, percibir tal vez la Ciudad de Dios y auspiciar los sueños y los cantos redentores, aquel evocado brote de dorado gluten imaginado desde las cavernas?.

Dime, Miguel, amigo desde el sueño evocado, ¿hacia dónde se marcharon los viejos truenos?