En República Dominicana El caudillismo trajo dictaduras

Publicado el 30 de abril del 2011 - 12:21 pm por Rafael P. Rodríguez
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En  República Dominicana   o al menos, muchos de los que prueban y se quedan masticando, el ejercicio del mando del Estado parecen no querer salir nunca de las eras dinosáuricas del caudillaje, fuente de innumerables traumas políticos y frecuentes e históricos vacíos de poder.

Basta que uno de estos “irreemplazables” deje el escenario-o lo obliguen a dejarlo-inmediatamente se encenderán los agrios volcanes de la ingobernabilidad y al unísono, el tufo del caos envuelve el devenir.

La historia dominicana cuenta con un prontuario que no puede desmentir esa realidad siempre recurrente, mantenida siempre en vigencia por intereses que sólo son capaces de tomarse en cuenta a sí mismos.

Después de ahí sobrevendrá el Apocalipsis, si se les fuera a creer.

El hombre imprescindible, el genio político, lo más grande que ha visto la nación cubren el paisaje nacional como una fatalidad inatacable.

La imprescindibilidad con carácter de urgencia de los hombres de poder ha logrado un efecto amnésico, anestesiante en la mentalidad de muchos dominicanos.

Todos saben que esa es una burda ilusión y que a nadie le ha sido concedida la inmortalidad política.

Uno de los condicionantes inmediatos del quietismo y la inmovilidad política que emerge de aquellas intenciones de perpetuidad inútil se relaciona con el temor.

Hay miedo al carcelazo posterior al ejercicio del poder, hay, transitándose ya los senderos del conservadurismo más tenaz, temores al cambio.

Sobresale, alienada, la idea de que nadie lo va a hacer mejor que el caudillo impuesto inexorablemente por la lava propagandística altamente costosa, anexada al proyecto continuista mediante el uso irreflexivo y abusivo de las arcas del pueblo que vienen a ser las mismas del Estado.

 Parece que este es el momento en el que, a partir de recientes pronunciamientos expresamente ambiguos extendidos por leguleyos e “intelectuales” defensores del continuismo, en el que se tensan las cuerdas de una repostulación de consecuencias imprevisibles, mantenida la tesis de que el salvador de la humanidad, aposentado, para nuestro privilegio, en la República Dominicana, merece un período más en el poder.

De lo contrario, nuestro fin, de carácter armagedónico, estaría por llegar en cualquier momento.

Claramente no es así. Se trata de un globo inflamado de una carga políticamente letal ya que no hay ser humano sobre la tierra que se pudiera considerar perennemente imprescindible.

Menos aún cuando hay tanto lastre, tanta sociedad viciada, tanto camino por recorrer, tanta irregularidad en el ejercicio del poder, tanta miseria material y espiritual.

No se han resuelto los problemas medulares de los dominicanos y no hay tampoco                                  conciencia ni voluntad ni la más mínima intención de darle inicio a sus términos en los próximos años.

De que hay prosperidad ¿quién lo duda? Sólo hay que observar cuánto han progresado muchos que ya no se acuerdan del barrio a donde vivieron, del campo de donde surgieron, de la miseria que sufrieron.

Hablan otro lenguaje: el del poder aplastante, indiferente, convertido en circo de ganancias extraordinarias pero ya sin ofrecer el más mínimo espectáculo apreciable.

UN APUNTE

Caudillismo latino

El caudillismo fue un fenómeno político prácticamente universal en América Latina, cuya emergencia se produjo a partir de los procesos revolucionarios que se desarrollaron en la región contra el dominio colonial español. A pesar de que algunos caudillos defendieron los intereses nacionales.

 El largo período del decurso histórico nacional comprendido entre 1844 y 1931 fue dominado por el caudillismo.

En este lapso se pueden deslindar dos grandes etapas. La primera comprende el período entre 1865 – 1886, en la cual se definieron los rasgos básicos del caudillismo dominicano.

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