Ezequiel 
Un verdadero artista

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Ezequiel Jiménez es un ser extraño en el medio artístico neuyorquino.

Es de esos seres que a mí se me ocurre que están en extinción o  que uno está destinado a toparse con ellos muy escasamente en un medio donde predomina la mediocridad muchas veces u otras la desidia artística.

Ezequiel es un artista a tiempo completo e instructor en la universidad de la ciudad de Nueva York (Herbert H. Lehman College).

Además es un activista comunitario y un ser con ideas políticas muy claras.

Se me ocurre que es  el Pablo Neruda dominicano de la pintura. Animal político. Animal artístico. Y en ambas emana con una fuerza avasallante, nunca dubitativa, endeble, vacilante.

Es a ese Ezequiel artista el que voy a visitar y en el cual me explayo. Pero también me aparece el Ezequiel político, y con él me enfrento. Coincidimos, las más de las veces.

Y es que hay un punto donde la nobleza se engancha, donde los buenos propósitos obligan a establecer un pronto acuerdo.

Y esto en un artista es harto saludable. Por eso sus obras destilan tanto drama, tanto humanismo. Los títulos de sus exposiciones así lo confirman. Y la factura de su obra así lo delata.

Fuerza dramática. Exposición del dolor humano de una forma elevada, espiritual, y que no tiene que envidiarle a nadie.

Su paleta lo define, de ahí que el temblor nace cuando se coloca frente a uno de sus cuadros sea extensivo inmediatamente al espíritu.

 Sus criterios políticos están muy definidos. Sus criterios artísticos están siempre en ebullición en constante florecimiento. A mí me fascina verlo bosquejar, investigar, sentir el ímpetu con que me dice: “Eloy, quiero que pases y veas unas nuevas obras en mi taller”. Entonces cuando voy al medio donde el artista sueña, construye, fabula, la decepción nunca surja.

 A Ezequiel lo he visto sudar, trabajar para lo que es hoy en día la asociación que agrupa los artistas plásticos. Lo he observado planificar, trabajar y montar sus exposiciones en varios estados.

Lo he observado como se observa “el ave raris” en un paraíso al que no fue invitado. Y en los dos campos el entusiasmo es su escudo, el entusiasmo es su estandarte.

De ahí que haya podido salir airoso y que haya sido reconocido. Su obra así lo merece. Su persona y su personalidad así lo resisten.

No es un bloff. No es un tipo que anda a la caza de premios ni que necesite del aplauso para confirmarse.

Sin embargo, todo lo que  tiene se lo ha ganado con su arte, con su persistencia, y con su nobleza.  Y es además Ezequiel Jiménez, para quienes hemos tenido la dicha de conocerlo, es un amigo, como el que más, como el soñado.

Es el amigo que cuando se le llama está, que no conoce el dobletecho, el cuchicheo ni las mediatintas.

 Yo he seguido su trayectoria muy de cerca. He visitado su taller, encontrándome inmerso entre dibujos, pinturas a medio talle, pinturas terminadas, obras que en definitiva, luego el público tiene la oportunidad de disfrutar.

Yo he seguido y he visto sus desvelos por siempre mantenerse fiel a la creación en medios de los dolores existenciales, sociales y humanos más fuertes.