Fidel Castro lúcido y combatiente hasta el final

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Nunca hay un juicio de unanimidad en torno a un gran hombre. Es el caso del líder histórico Fidel Castro. Que muchos celebren que se haya ido físicamente, y que otros lamenten a profundidad la partida, tiene un matiz lógico, comprensible. Es muy peligroso el consenso hasta cuando se trata de establecer la bondad o maldad de un personaje.

La aparición de Fidel Castro modificó dramáticamente el escenario político, no sólo cubano, sino también internacional. De personalidad avasallante, oratoria fácil y larga sin llegar a extenuar el auditorio, –similar a la del líder dominicano José Francisco Peña Gómez- la multitud quedaba encantada ante su verbo. El gesto de la mano levantada le servía, más que puntualizar una idea, como serpiente divina, para hechizarla.

Fidel debe ser retratado de diversos flancos. Su textura espiritual da para mucho. No se le puede poner un solo traje. Se mueve entre el de dictador y el líder amado y venerado por todo un pueblo, y a cuyos pies se puso todo un continente.

Los logros sociales están ahí: en Cuba cualquiera no tiene acceso a comerse un filete, pero usted no ve la mendicidad infantil abofeteando el presente. La expectativa de vida rozan los 80 años, y de otros aspectos: salud, educación, gratuitas, que hablan los sociólogos.

Desde el inició supo tejer su leyenda, o la leyenda supo cómo enredársele de forma perpetua. Como los grandes, llegó al poder a través de las montañas –Aníbal cruzó Los Alpes-. Conoció el hambre, el rocío, el verdor de los campos, la solidaridad del campesino, en definitiva esa extraña comunión con la naturaleza que construye sólo el guerrillero.

Para seguir cimentando su historia conoció el exilio, la cárcel. Nada le fue fácil en la vida, y era que ante lo difícil este personaje se agigantaba.

Poseyó el mito. Le abrazó cuando durante aquel discurso de ascensión se posó en sus hombros una paloma. El pueblo cubano tan creído, dijo que este hombre estaba destinado para algo grande. Esa creencia él no la deshizo. Los hechos posteriores no lo desmintieron. Atravesó de un siglo a otro haciendo cambios fundamentales, dictando una nueva forma de combatir y de hacer política.

El líder cubano influyó en todo. La literatura, el deporte, la ciencia, la política internacional, y hasta la moda, fueron cruzados por su impronta. La chamarra verde y la barba, llamaban a la masculinidad y el combate.

Se cuenta que durante un desembarco se le cayó del barco un expedicionario: no abandonó el sitio hasta que no apareció. Puso en riesgo su operación, su vida y la de muchos hombres. Eso lo retrato como un comandante leal, humano, y muy distante del que muchos han querido vender.

La amistad con el escritor Gabriel García Márquez (extraña, para muchos) también revela que Castro era un hombre que se movía en una tesitura metafísica. Lector voraz, cuenta el genio colombiano que tenía una conciencia crítica y visionaria sobre lo que leía.

Hace unos meses que había ya prácticamente anunciado su muerte. Habló de despedida. Su voz ya lucía con el sonido de los que han cruzado del otro lado. Sus ojos –aun con la fiereza del tigre- ya no tenía esa luz poderosa del hombre que combate. Sin embargo, ni sus ideales ni la lucha por construir un mundo dejaron abandonaron su discurso.
Entró lúcido y con los ojos abierto a la muerte.

Su hermano, el presidente Raúl Castro, fue quien ofreció la mala nueva al mundo y al pueblo cubano: “Murió el compañero Fidel”. Y la voz se le quebró. Era de noche, una hora propicia para los guerrilleros esconderse. Y eso hizo Fidel Castro, dejando que los cubanos durmieran tranquilo, que todo el mundo se acostara para él actuar.

“Hasta la victoria siempre”, dijo un compungido Raúl y con ello se cerraron las cortinas para el hombre vivo, y se abrieron para el Fidel ya hecho leyenda.

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