Hacia el maestro de vergüenza



Continente y contenida, en ocasiones se confunden la Pedagogía y la Didáctica. Con este escrito el autor pretende desbrozar el camino que las vuelve una; camino que también las separa. Por supuesto, no escribiré únicamente de educación, pues pretendo abarcar asuntos distintos. Mas ceñiré como pueda estos escritos a lo educativo, tanto como este amplísimo cuerpo me lo permita.

Aceptaré hablar de experiencias ajenas. De hecho, estos escritos nacen de experiencias en aulas.
En una ocasión debí recibir dos jóvenes con estudios de término en Educación.

Al ingreso a estudios, eligieron la mención de Ciencias Naturales. Ahora, al término, les lucía infranqueable la graduación. A la institución de altos estudios le resultaba imposible reunir, siquiera, cinco estudiantes con esa mención.

“Asígnenmelas por tutoría, –dije-. No cobraré”. Y sin posibilidad electiva para ellas, cayeron en mis manos. Leían con dificultad, lo cual no únicamente hice notar sino que intenté superar. Tomaban los libros facilitados por mi, con escasa elegancia.

No pudieron definirme el concepto de “didáctica”. Y cuando en procura de la asociación de ideas busqué el de “pedagogía”, de éste se encontraban tan lejos como se hallaban de aquél. Mucho peor que todo: ambas eran –y son- profesoras de escuela del servicio público.

Procuraban título académico para obtener beneficios prometidos por una estructura burocrática que admite papeles, aunque sólo ahora, al parecer, procura comprobar la existencia de tales conocimientos acreditados.

Duré, por supuesto, un ciclo académico tratando de ponerlas al día con los saberes. Misión ardua, pues confieso la imposibilidad de cumplir mis objetivos. Las liberé de sus inquietudes, con una calificación mínima, propia para el acceso al grado.

Entonces decidí adentrarme en un experimento. Solicité clases para jóvenes con ingreso a la Carrera de Educación. Podían completar un curso de cuarenta estudiantes con otros muchachos. Pero, la mayoría los quería interesados en Educación.

Desde la salutación del día inicial les advertí sobre mi presencia ante ellos. Serían objeto de un proceso de observación. Y en buena medida, conejillos experimentales.

Ciclo académico tras ciclo académico, duré dos años naturales junto a ellos. En pocas palabras, seis ciclos académicos.

Saqué las siguientes conclusiones: los mejor formados provenían de colegios privados, con cierto nivel; también mostraban aceptable formación los egresados de Bachilleratos de Politécnicos dirigidos por religiosas.

Los más desaprovechados eran egresados de Liceos nocturnos. En algunos casos, estos carecían de una base de conocimientos aprovechable para los estudios superiores.

La gran mayoría de los egresados de Liceos (diurnos y nocturnos) carecían de dominio de la lectura. ¡Nada que decir respecto de la ortografía o la caligrafía!.

Los jóvenes con mayor dominio de la lectura participaron en cursos en donde, las horas de lectura, incluían poemas. Los de mayor y más rápida asimilación de conocimientos, anhelaban las clases de lectura comprensiva.

Descubrí adicionalmente, que los más retrasados fueron promovidos sin dominio de la lectoescritura desde el nivel inicial. Defecto enorme de tiempos nuevos, la promoción de esta hornada procuró dejar libres las aulas. Espero la superación de esta falta, gracias a las ampliaciones estructurales debidas al famoso 4%.

Me animó saber que los más diligentes y aprovechados eran estimulados por la familia. Padres unidos –o un padre o madre deseosos de apoyar los estudios de los hijos- conocían del desenvolvimiento en aulas. Este seguimiento tal vez no se daba diariamente, si bien se producía regularmente. Mediante esta conducta hogareña, por supuesto, el estudiante se sabía supervisado. Y apoyado.

Quienes mostraron mejor comprensión en las lecturas, eran lectores asiduos. Al indagar respecto de esta inclinación, supe de la existencia de unos padres seguidores del comportamiento de los hijos.

Al cumplir los dos años, es decir, seis ciclos académicos, abandoné la prueba. No obstante, los resultados revelaban una realidad repetible por todo el sistema escolar. Sobre todo, notable en las aulas del sector público.

Deduje debilidades propias de comportamientos didácticos, al conversar con los estudiantes. Cómo te enseñaban esto o cómo te enseñaron aquello, me animó a entender la necesidad de transformaciones. Los cambios son obligatorios en el enfoque de formación del docente.

Esto lo he dicho durante decenios. Desde hace pocos años esta necesidad social hizo conciencia pública. Y la forja magisterial se ha inclinado a la reorientación. Pero… ¿tiene un objetivo bien claro y definido?.

Esa formación debe abarcar un enfoque holístico. De las viejas Escuelas Normales de entre los años treinta y cinco a sesenta y cuatro del siglo XX salieron diamantes. ¿Se sacarán, si no diamantes, al menos zafiros ahora?.

Hablé de un enfoque holístico de la formación magisterial. Y no exagero. El vocablo, adoptado por organismos multilaterales en el siglo pasado, quería interpretar el tipo de respuesta social a dar por el sistema de formación docente. Se imponía introducir en la escuela a un docente capaz de saber de todo.

Aunque fuese un poco que pareciera mucho. Como lo fueron aquellos maestros de las Escuelas Normales. De las de antes y después de Rafael L. Trujillo. Porque entonces, cabe consignarlo, se criaba con vergüenza.
A la vergüenza social estamos obligados a volver. Sobre todo entre quienes enseñan en las escuelas.

EL DATO

El lector con experiencias

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