Huchi Lora talentoso, versátil, merengófilo

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Desde que crucé palabras por vez primera con Huchi Lora me di cuenta de que estaba frente a un hombre dotado de auténtico talento versátil.

Y además percibí que había encontrado su verdadera vocación en el difícil oficio del periodismo.

Esto lo convertía en alguien que, citando la frase de Confucio, al trabajar en lo que le gustaba, realmente no trabajaría un solo día.

Dichosos aquellos para quienes su trabajo es al mismo tiempo diversión, porque muchos han abrazado actividades porque les brindaban amplias posibilidades de enriquecimiento.

Mi viejo y apreciado amigo, el destacado cronista deportivo Tomás Troncoso, abandonó los estudios de ingeniería para dedicarse a una faceta de la comunicación que ha sido para él fuente de cotidianas satisfacciones.

Una característica de Huchi, reconocida por sus familiares, amigos y admiradores, es su gran sentido del humor, que ha plasmado en rutas poéticas decimales, y en frases repentistas risógenas.

No he podido olvidar el día del año 1970 en que ambos fuimos enviados, él por el diario El Nacional, y yo por Última Hora, a un hospital público donde recibían atenciones médicas varias prostitutas víctimas de un accidente automovilístico.

Como era de esperar, mientras les aplicaban sustancias en sus pieles, las meretrices lanzaban palabrotas capaces de ruborizar a un veterano marinero en estado de embriaguez.

Un par de monjas de las que administraban entonces el hospital externaron críticas al proceder de las trotacalles, sobre todo a las obscenidades que brotaban de sus labios.
Huchi permanecía silencioso ante ambas actitudes, pero de pronto se dirigió a la religiosa más cuestionadora con una pregunta

¿Cuál, Sor, es el oficio de estas féminas?
-Tengo entendido que son prostitutas- respondió la monja, ligeramente ruborizado el semblante.
-Entonces, frente a los dolores que sufren, ¿quiere usted que griten como licenciadas en letras?

Debo confesar que no pude frenar las carcajadas, por lo que me vi obligado a correr para lanzarlas a prudente distancia de los participantes en el incidente, para no lucir como espíritu burlón.

Cuando en nuestra condición de reporteros de disturbios de los periódicos citados coincidíamos en alguna movilización de protesta, tenía que exprimir al máximo mi capacidad neuronal, porque las dotes de observación de mi colega me lo exigían por la inevitable, aunque fraterna competencia.

La pasión merenguera de mi buen enllave santiaguense es tan vehemente como su afición por el equipo del beisbol profesional Águilas Cibaeñas, cuyas victorias le producen saltos gimnásticos, mientras las derrotas lo apesadumbran ostensiblemente.

Esta predilección melódica va unida a un estudio del ritmo criollo sin ortodoxia fanática, ya que considera que las fusiones con otros géneros lo enriquecen.

Lo que sí asume es la autenticidad del típico merengue de güira, tambora y acordeón, para disfrutar del cual recorre con frecuencia los campos más recónditos del Cibao.

En una reciente conversación telefónica que sostuvimos, le manifesté mi opinión de que el merengue estaba al borde de su desaparición, porque solamente lo cantaban y bailaban personas adultas.

-Esa es una creencia de capitaleño, porque si viajaras al Cibao con frecuencia, como es mi caso, te darías cuenta de que sigue de moda allí, como en los años de su apogeo-fue su rápida respuesta, expresado con tono de categórica convicción.

El mismo conocimiento que Huchi exhibe acerca de los orígenes y evolución de la música típica dominicana, es comparable con su sapiencia beisbolera, sobre todo con lo relacionado con el equipo de su simpatía.

Le dije al diestro comunicador y decimero que cuando escuché la noticia de que había ganado el Premio Nacional de Periodismo, experimenté en carne propia la veracidad de la frase que afirma que el honor de un legionario es el honor de la legión.

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