La literatura en Santo Domingo

Publicado el 17 de enero del 2009 - 8:20 pm por PEDRO HENRIQUEZ UREÑA
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La isla de Santo Domingo -territorio dividido ahora entre dos naciones pequeñas, la República Dominicana, de idioma español, y la República de Haití, de idioma francés- antes del Descubrimiento estuvo poblada en su mayor parte por indios pacíficos que hablaban una de las muchas lenguas de la familia arahuaca, el taíno: sólo habían alcanzado cultura rudimentaria; su lengua desapareció, legando unos centenares de palabras al castellano de las Antillas, y de su poesía sólo quedan noticias.

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Aún cuando este trabajo se refiere la literatura dominicana en general,y solamente hasta las primeras décadas del siglo XIX, es un buen resumen de lo acontecido hasta su fecha de publicación. Este trabajo de Pedro Henríquez Ureña  figura en Historia Universal de la Literatura, por Santiago Prampolini, Buenos Aires, 1941, tomo XII.

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El “areíto” -palabra que los españoles pronunciaron después “areito”- era su danza cantada; a juzgar por las descripciones del P. Las Casas y de Oviedo, los había rituales, históricos, festivos.

La literatura de idioma castellano comienza para Santo Domingo con el Diario del viaje de Colón, en el extracto del P. Las Casas, y con las cartas -a los Reyes Católicos y a Sánchez y Santángel- en que narra el Descubrimiento. Contienen descripciones vivaces. Entre 1493 y 1494, el médico andaluz Diego Álvarez Chanca, en carta al Cabildo de Sevilla, da las primeras descripciones de fauna y flora de América, con intento de precisión científica; poco después el jerónimo catalán Fray Román Pané recoge observaciones sobre creencias religiosas de los indios.

El Convento de Predicadores tuvo vida gloriosa: dos de sus fundadores, Fray Pedro de Córdoba y Fray Antón de Montesinos, abrieron la campaña en favor de los indios; el episodio de los dos memorables sermones iniciales del P. Montesinos está contado en la Historia de las Indias, del P. Las Casas.

 De allí salieron los fundadores de multitud de conventos en América: entre ellos, Fray Domingo de Betanzos, Fray Tomás Ortiz, Fray Tomás de Torre, Fray Tomás de San Martín, Fray Tomás de Berlanga, Fray Pedro de Angulo. Allí se inicia en la predicación Fray Alonso de Cabrera, uno de los grandes oradores del siglo XVI.

Allí profesó Fray Bartolomé de las Casas, que recogió como herencia la campaña de los fundadores.

El Convento de la Merced dio albergue al creador de Don Juan, Tirso de Molina, que allí ejerció de maestro cerca de tres años (1616-1618). Hubo también erasmistas, como Lázaro Bejarano, y hasta protestantes.

De los muchos escritores europeos que allí vivieron, los más unidos a la isla, los que más largamente escribieron sobre ella, fueron Fray Bartolomé de las Casas (1474-1566), con su Historia de las Indias y su Apologética historia y Gonzalo Fernández de Oviedo (1479-1557), con su Historia general y natural de las Indias y el Sumario que la precedió (1526).

Desde el siglo XVI la isla produce escritores: los principales, Fray Alonso de Espinosa, de quien sólo sabemos que comentó el salmo Eructauit cor meum…(ver Nota); el canónigo Cristóbal de Liendo (1527-1584), hijo del arquitecto montañés Rodrigo Gil de Liendo; el predicador Fray Alonso Pacheco, provincial de los agustinos en el Perú; el mercedario erasmista Fray Diego Ramírez; el P. Cristóbal de Llerena, de quien nos queda un agudo entremés, que fue representado en la Catedral (1588) y contiene acerbas críticas de la vida pública de la colonia; las más antiguas poetisas de América, doña Elvira de Mendoza y Sor Leonor de Ovando.

Del siglo XVII conservamos pocos escritos, pero muchos nombres de escritores: entre ellos, Tomás Rodríguez de Sosa, Luis Jerónimo de Alcocer, Fray Diego Martínez, Baltasar Fernández de Castro, Tomasina de Leiva y Mosquera. Según Isaiah Thomas, el bibliógrafo norteamericano, entonces se introdujo allí la imprenta; pero sólo se conocen impresos dominicanos muy posteriores.

En el siglo XVII se distinguen Pedro Agustín Morell de Santa Cruz (1694-1768), autor del primer bosquejo, escrito en rica prosa, de Historia de la isla y Catedral de Cuba, donde fue obispo y tuvo valerosa actitud, bien recordada ante los ingleses que invadieron La Habana en 1762; el P. Antonio Sánchez Valverde (1729-1790) que, en su tratado El Predicador (Madrid 1782) intenta corregir los entonces frecuentes abusos de la oratoria sagrada (eran los tiempos de “Fray Gerundio”), y que en su idea del valor de la Isla Española (Madrid, 1785) aboga en favor de su tierra, descuidada por la metrópoli; Jacobo de Villaurrutia (1757-1833), polígrafo a quien interesaron muchas de las grandes y de las pequeñas cuestiones humanas y la situación de los obreros hasta el progreso del teatro y de la prensa: sus variadas publicaciones abarcan desde una selección de pensamientos de Marco Aurelio (Madrid, 1786), hasta la traducción de una novela inglesa de Frances Sheridan (Alcalá de Henares, 1792); con Carlos María de Bustamante fundó el primer Diario de México (1805).

De 1795 a 1844 la isla sufre graves trastornos. Consecuencias: la porción francesa, Saint-Domingue, se hace independiente bajo el nombre de Haití (1804); la porción española, Santo Domingo, se hace independiente en 1821, la invaden los haitianos, recobra la independencia en 1844, y toma el nombre de República Dominicana. Durante esos cincuenta años de convulsión hubo emigraciones numerosas, principalmente a Cuba, adonde los dominicanos llevaron la cultura entonces superior de Santo Domingo: “para el Camagüey y Oriente -dice el escritor cubano Manuel de la Cruz- fueron verdaderos civilizadores”.

De las familias emigrantes proceden José María Heredia, el gran poeta de Cuba (y después su primo y homónimo el poeta cubano-francés) y Domingo del Monte, que presidió durante años, con su cultura amplísima, la vida literaria de Cuba.

 (Fragmentos del trabajo de PH U en el que analiza la literatura en Santo Domingo, que era donde vivían los escritores de su época).

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