Lectura de Beryl



Las intensas lluvias generadas por la onda tropical remanente de Beryl dañaron más de mil 500 viviendas, 19 poblaciones quedaron incomunicadas, se desplazaron más de 20 mil personas, 75 acueductos inhabilitados y tres puentes destruidos, entre otros destrozos.

Esas horas de precipitaciones pusieron al desnudo la situación de vulnerabilidad en la que malvive una amplísima franja de la población, tanto en asentamientos urbanos como en zonas rurales, donde colapsaron servicios básicos o masas de agua se ensañaron contra comunidades marginadas.

Mucho se habla de la redistribución del ingreso público y del combate a la pobreza, pero se requiere que Gobierno, clase política y sector empresarial trabajen más intensamente en desbrozar el camino que conduce a un estadio de equidad económica y social.

Se reconoce que las autoridades han incrementado políticas y presupuestos destinados a disminuir niveles de exclusión y marginalidad, especialmente a través de programas como Visitas Sorpresa, Comer es Primero y Banca Solidaria, pero la inversión conjunta en esas iniciativas apenas supera el 3% del Producto Interno Bruto.

Otros programas oficiales ayudan a reducir márgenes de pobreza, como el 911, de Asistencia y Seguridad, Comedores Económicos, Proyecto Ciudad Juan Bosch, complejos o ciudades hospitalarias, pero todavía es alto, muy alto el porcentaje de la población dominicana sumida en la más abyecta miseria.

Todos los años, los efectos de algún ciclón o tormenta se encargan de desvelar el terrible escenario de marginalidad y exclusión, que en las metrópolis sólo se conoce a través de las estadísticas, la mayoría de las veces maquilladas conforme a intereses del mejor postor.

Los medios de comunicación informan hoy sobre los daños causados por las intensas lluvias de los remanentes de Beryl, pero no hay forma de reflejar a través de prensa escrita, televisión, radio o redes, los sentimientos de impotencia y desolación de esas poblaciones que malviven al otro lado de la verja de miseria.

Gobierno, partidos, empresarios, académicos y mentada sociedad civil deberían entender que una justa redistribución del ingreso público se refleja en consolidación de la democracia y la gobernanza, como la inequidad provoca desestabilización social, política y económica.