Lenguaje y narración en “Apócrifo de Judas Izcariote”

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El lenguaje de la novela dependerá de factores tales como la formación cultural del autor y la tendencia en la que se enmarque el texto. De un escritor con poca lectura, nadie espere riqueza en el lenguaje. Un escritor será mayor o menor en la medida en que posea su lengua.

 
Jit Manuel Castillo, autor de la novela “Apócrifo de Judas Izcariote” demuestra, quizá sin proponérselo, su consciencia de que la novela es una obra de creación y que el lenguaje de la obra creativa incluye un grado de especialización que lo diferencia de lo coloquial, común y vulgar.

 
“Mi padre Simón –le conté- me desayunaba con una paliza, no así a mi hermana Salomé, la niña de sus ojos y todavía hoy, el fantasma de los celos aparece por mi mente” (pág. 42).

 
La expresión anterior corresponde al personaje narrador, Judas Izcariote, quien cuenta su vida en primera persona. Dialoga con Jeshua, que es Jesús, quien asume parlamentos extensos, como si fuera un narrador auxiliar. Ambos le sirven al autor para el desarrollo de una narrativa liviana y de fácil afluencia, la cual transcurre acompañada de un estilo llano y elegante. Ejemplo de cómo Jesús describe a su padre nutricio:

 
“Era flaco y largo como una espiga, con la piel dorada de un trigal maduro. Dos claros de luna en su pelo engrandecían su frente” (pág. 43).

 
Los hechos contados por Castillo son bastante independientes de la fe religiosa. Por ejemplo, la Sagrada Familia: Jesús, María y José son desmitificados y presentados como una familia común, con pleitos, celos y rabiacas. Jesús, de niño, prefería ir al taller de carpintería de su padre más a fuñir que a colaborar. Por ejemplo, le escondía trozos de maderas o herramientas y ponía al pobre hombre a loquear.

 
En uno de esos momentos se produjo esta reflexión de Jeshua:
“Salí del taller ya de noche, cuando Myriam fue a buscarme y con una tierna sonrisa, me devolvió la confianza en la vida. En condiciones normales, es lo que habría hecho Joseph, mirarme con cariño y decirme: -Jesh, me vas a enloquecer –Solo él usaba este diminutivo, más dulce a mis oídos, que el dátil más sabroso al paladar” (pág. 46).

 
Son frecuentes en la narrativa de Castillo las imágenes simples: “Me tembló el corazón”. “Todo cobró color en medio de la noche”. “Tu presencia y tu palabra me laceran como espada”. “El miedo transpirado por mis poros como sudor…”
Pero esto no excluye el empleo de paradojas, alegorías y otras figuras del pensamiento. Juzguen ustedes esta definición de la sombra:
“Me levanto con un sol rojijzo y emprendo la marcha en la sola compañía de mi sombra, esa nube densa que nos mitiga el gozo al mostrarnos lo que llevamos por dentro”. (Pág. 59).

 
La sombra aparecerá más adelante, citada por María o Myriam, con estructura paradójica, cuando le refiere a Jeshua su nacimiento:
“…Allí permanecimos hasta que naciste. El sol caía con lentitud cuando empezaron mis dolores de parto y las sombras cubrían la tierra al traerte a la luz. En el cielo intenso, brilló una estrella con la misma claridad que tus pupilas centelleantes, y al cruzarse mis ojos con los tuyos, quedé iluminada”. (pág. 76).

 
Si comparáramos las formas de componer entre nuestros novelistas del pasado, encontraremos actitudes muy variadas frente al estilo y el arte de narrar. Para muestra veamos dos de ellos:
Manuel de Jesús Galván, nuestro primer gran novelista, responde a su época y formación con un uso preciosista y exuberante del lenguaje.

 
A diferencia de Galván, Freddy Prestol Castillo emplea un lenguaje llano, pero elegante y figurativo.

 
Jit Manuel Castillo se inscribe en la segunda tendencia, es decir llaneza en el estilo, pero lejos de lo prosaico, y un adecuado ornato para resaltar la expresión. Termino con esta bella figura:
“Cuando me frustro, suelo imaginar un mundo en el que todos se aman y no existe el sufrimiento. La esperanza nace en el vientre mismo de la luna, donde se besan paz y justicia, desvaneciendo la sucesión de los días”. (pág.122).

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