Por la maestra, por el maestro



El mes de junio nos retrotrae a aquellos tiempos escolares en que nos recordaba que se aproximaba el fin del calendario escolar. Junio era muchas cosas a la vez: promoción o la repetición del curso, y Día de la Maestra y del Maestro, quienes, como muestra de gratuidad, ese día  recibían un regalo. Todo ello se coronaba con la entrega de calificaciones el 30 de junio. Ese día imperaba un estado de nervios que quitaba la paz, pues, aunque se tuviera la seguridad de que se pasaría de curso, había algo de sobresalto, mas el júbilo era inevitable, pues ni si quiera había que ir con el clásico uniforme color kaki, sino con lo mejor que se pudiera lucir según el nivel social de cada familia.

De mis años como alumna, conservo recuerdos agradables. Muchos tienen que ver con el legendario liceo Juan Pablo Duarte. Allí se matriculaban estudiantes de sectores socialmente marginados: Gualey, Las Cañitas, Capotillo, y por igual de los sectores de clase media cuyo nivel social, cultural y económico era evidente.

Solidario con las reivindicaciones de carácter democrático que demandaba  el país, este liceo lideraba las movilizaciones estudiantiles organizadas por los grupos estudiantiles.

¿Qué añoro del Liceo Juan Pablo Duarte? Vive en mi memoria esa  edificación cuya sólida estructura me inspiraba respeto y deseo de estar allí. Se respiraba en su interior un ambiente escolar más que justificado, por un dignísimo ejercicio docente que marcaba, por así decirlo, el rumbo a seguir.

Hoy, al paso del tiempo, puedo aquilatar lo que representó ese conjunto profesoral ungido por el deseo de  enseñar, y por hacerlo con autoridad, imprimiendo en su quehacer rigor y la dignidad,  en el  sagrado deber de enseñar y de aprender.

Recuerdo hoy a profesoras y profesores como Moquete con su álgebra, haciéndola comprensible e irradiando capacidad, y accesibilidad humilde a hacia el y la estudiante. Las hermanas Ubiera, con sus enseñanzas en Lengua Española y Ciencias Naturales. Ellas inculcando el valor de la responsabilidad y el de la rigurosidad en los conocimientos. También la profesora Felicita Espinal, profesor Lantigua, Isabel Ventura, profesora Gullón, Laury Helbert, la Rosario, Ramón Cruz Delgado, director, y otras decenas de mujeres y hombres de la enseñanza pública que, desde mi rol de observadora participante, les veía como seres entregados y orgullos de su función docente.

El Juan Pablo Duarte, hoy opacado y silente en una sociedad que ha experimentado tantos cambios, no siempre favorables, y se halla, según la maestra que lo dirige actualmente, careciendo de herramientas elementales para su buen funcionamiento. Ojalá que, respetando la historia que construyeron allí estudiantes, maestras y maestros de otras décadas, las autoridades de hoy atiendan con rapidez esas carencias materiales y de cualquier otra índole que en estos momentos está estremeciendo a ese histórico de enseñanza pública, mucho más en este año del bicentenario del patricio. Esos estudiantes de hoy, que desde el plantel que los alberga, se esfuerzan por superarse, deben tener la ayuda  oportuna para desarrollar a plenitud todas sus potencialidades.

Publicidad