Sobre Shakespeare



Eduardo Álvarez

Una de las historias más intensas sobre William Shakespeare fue escrita por Víctor Hugo. A decir de Borges, se trata de la biografía de un genio escrita por un genio. El poeta y dramaturgo inglés de todos los tiempos encontró a un fiel relator y crítico de su vida y obra en el más fecundo de los autores franceses cuya producción literaria domina por completo el siglo XIX.

No es la proximidad geográfica ni histórica lo que acerca a tan elevados hombres, sino la afinidad espiritual cifrada en una grandeza que les reserva la inmortalidad. Pocas veces tiene uno la ocasión y dicha de leer un profundo estudio y ejercicio de sinceridad y recato en el que se reconoce la enormidad espiritual de uno de los autores más negado y destratado por sus propios contemporáneos. La envidia y los celos siempre han manchado vidas y reputaciones, y los años productivos de Shakespeare, entre 1586 y 1611, no fueron la excepción, desde luego.

“Mis debilidades son espiadas por mis censores, aún más débiles que yo”, se lamenta el bardo inglés en el Soneto 121. Ben Johnson, un poeta cómico mediocre, a quien ayudó a levantarse, fue uno de sus más cercanos y frecuentes infamadores. Víctor Hugo construyó esta biografía mientras estaba exiliado en Inglaterra junto a su familia, en 1852. Perseguido y denigrado como Shakespeare, deplora la presencia e incidencia de esas bajas pasiones que, afortunadamente, nunca impidieron apreciar y valorar “lo infinito, lo insondable, todo, todo lo que puede reunirse en un solo espíritu”.

Abundante y no menos justo en reconocimientos al transcurrir del teatro shakesperiano, postula sencillamente que “la obra capital de Shakespeare es todo Shakespeare”, tras arriesgarse a consagrar a Hamlet como una obra del espíritu insuperable: “otras obras espirituales pueden igualarla, pero ninguna de ellas la superan”. Es la duda aconsejada por un fantasma, como suele ocurrir todo lo que nos sucede en la vida. Harold Bloom, crítico norteamericano de estos días, lo describe como el inventor de lo humano.

El autor de Los Miserables entiende que es propio de los genios producir, a su manera, un modelo del hombre de sus respectivas épocas. Todos regalan a la humanidad su propio retrato, ya sea riendo, llorando o pensando.

Plauto ríe con su Anfitrión, Rabelais hace lo mismo con Gargantua, Cervantes con Don Quijote, Moliere llora y nos deja su Alcentes. Pero Shakespeare y Esquilo piensan y nos dejan sus infinitos Hamlet y Prometeo. Aquellos son grandes, en tanto que Shakespeare y Esquilo son inmensos. (En próximas entregas me ocupo, también, sobre algunos escritos de autores de diferentes épocas acerca de Shakespeare, entre ellos, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, W. H. Auden y Fernando Pessoa, Julián María y Harold Bloom).