Violencia en los sectores populares



Denunciar la violencia intrafamiliar o  cualquier situación que afecte a las mujeres, suele verse  como un asunto feminista, otra manera de atemorizar y de esconder las raíces del problema. Por eso no hay que extrañarse de que las personas que han trabajado en procesos de capacitación en violencia de género saben que muchos maridos y novios prohíben -bajo amenaza- a sus compañeras formar parte de actividades como éstas.

 Cuando se trata de levantar las reivindicaciones generales, todo resulta muy obvio ante los ojos del mundo, mas no ocurre igual con los problemas derivados de las relaciones de poder que se dan en el convivir cotidiano de las parejas y de las familias, espacios donde se desarrolla la violencia intrafamiliar y de violencia hacia de género, para lo cual son usados los mismos métodos de la violencia general: golpes, heridas con armas de fuego, armas blancas, objetos contundentes, estrangulamiento, etc.

Por todas estas razones, aun con los cientos de feminicidios que se producen al año -que no son más que la culminación de una cadena de acciones violentas contra esas mujeres- estos no cesan, pues están justificados día a día por la indolencia, por los prejuicios, la intolerancia y por el abuso de poder. Aparentemente los feminicidios hieren la sensibilidad, pero sólo es una sensibilidad mediatizada por lo sensacional, por el impacto que produce el instante, pero al cabo de un rato, todo vuelve a la “normalidad” sin que se vea afectada la mentalidad arraigada, esa bajo cuyo amparo se sigue reproduciendo la violencia doméstica.

La violencia intrafamiliar es un problema fundamental en el país, y tiene incidencia en todo el territorio. La exclusión que del tema hicieron los y las dirigentes el 8 de agosto, demostró un vivir de espalda a esa realidad que incluso desborda a cada una de sus comunidades. No tuvieron esa sensibilidad con el tema y por eso perdieron la ocasión de  que el presidente y sus acompañantes asumieran compromiso frente a esa realidad.

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