Yo estaba allí Cuando el PCD y 1J4 buscaban controlar el Club Mauricio Báez



Es verdad que el olvido dura mucho. Pero hay recuerdos que duran una eternidad.
Y a mí, particularmente, me persigue el día en que llegué a la esquina del colmado de “Los Bemba” y proclamé:
“Vamos a darle un golpe de Estado a los del “14 de Junio”: el club Mauricio Báez será nuestro”.

Los demás compañeros del PCD no lo podían creer. Pero ahora, cuando el rencor ha quedado atrás, puedo contar la historia.
En verdad, el plan de Rafael Reyes Jerez no podía fallar. Él, al igual que yo, había sido uno de los fundadores del club. Y su primer presidente. Y ahora había roto con los del “1J4”.

Todo había comenzado cuando se inició la decadencia del Club Estudiantil de Jóvenes Amantes de la Cultura (CEJAC) y muchos jóvenes decidieron formar sus propias organizaciones culturales.
Fue así como, Cabo y Chiqui, estimulados por Ligia Santos, me pidieron que les ayudara a organizar la suya.
Convocamos las elecciones para escoger a la primera directiva, resultando electo Rafael Reyes Jerez, como presidente de la “Asociación de Jóvenes Amantes del Deporte y la Cultura”, que luego cambiará su nombre por “Club Mauricio Báez”, que caería bajo las férulas del “14 de Junio”.

Eran los tiempos en que tocábamos las sombras con las manos y aparecía la luz. Cuando estaban de moda las películas de James Bond pero, contrariamente a él, nosotros teníamos licencia para soñar. Ibamos por las calles cargando utopías, quimeras, castillos de arena y barquitos de papel. Tiempos de confusión y entrega, donde cada partido de izquierda juraba que “era el único y verdadero representante del pueblo” y que la revolución estaba “a la vuelta de la esquina”.

En el barrio, nuestro partido (PCD), enfrentaba al Pacoredo, al MPD y, sobre todo, al “14 de Junio”.
Así, elaboramos una plancha invencible, encabezada por Rafael Reyes Jerez y que incluía a Santiago (Chago Balita U), David Reyna, José de la Rosa y otros. Yo sería el asesor.

Incluso, hubo un momento en que estuve tentado a añadir a un jovencito que acababa de llegar de Nueva York, llamado Leonel Fernández.
Al llegar el momento, nos reunimos en la esquina 23 con Villaespesa, en la acera del colmado de “Los Bemba”, desde donde Telín, la más “romántica” de la familia, nos miraba insinuante. Tenía una “hermosura” tan extraña que, según las malas lenguas, no ganaría con facilidad un concurso de belleza.

Al frente, la casa de Fátima y Charito, las dos bellezas ocoeñas que hacían soñar a toda la barriada.
Avanzamos, pues, hacia el objetivo, a una cuadra y media de donde estábamos. En el camino vimos al “Viejo Sía”, quien nunca estaba sobrio, apurándose una “chatica” de ”Carta Real”, parafraseando a René Descartes, al pensar: “Bebo, luego existo”.
Cuando entramos al club se hizo evidente que éramos mayoría. Aunque los del “14” habían convocado a toda su gente. Allí estaban Eligo Blanco Peña (El Pai), Danilo Segura (Ñaño), Leonel Carrasco, Nelly Pozo, José Heredia y otros.

No le presté atención al hecho de que allí estaba, también, un tal Leo Corporán que, hasta ese momento, era uno más.
En principio, viéndose superados con creces, los catorcistas intentaron, inútilmente, posponer las elecciones.
Entonces, cuando era inevitable comenzar las votaciones, Leo Corporán salió disparado por la puerta de atrás, dejando la sensación de que salía huyendo para no ser testigo de la bochornosa derrota.
Pero, cuando nos aprestábamos a asestar el golpe final se oyó un ruido extraño. Un murmullo ensordecedor. Una algarabía descomunal.

Era Leo Corporán que regresaba con un montón de carajitos. Bulliciosos. Alegres. Estridentes.
Inundaron todo el salón, rodeándonos por todas partes.
– ¡¿Qué es esto?! –tronó Reyes Jerez.
– ¡Qué pasa! –Añadí yo.
Leo dio un paso al frente y, con la mirada fija en Rafael Reyes Jerez, dijo:
–Ellos son miembros del club. Y han venido a votar.

¡Qué temeridad! Leo pretendía que esos niños, ninguno de los cuales llegaba a los doce años, votaran, al igual que los teóricos que estábamos allí sentados.

–Ellos juegan baloncesto aquí –insistió Leo–. Ellos tienen derecho a votar.
Lucía impertérrito. Impávido. Inconmovible.
Y los niños contentos. Felices. Divertidos. Se creían en una fiesta.
En minutos, la situación había cambiado.

Fue entonces cuando, calmadamente, volví a levantarme de mi asiento. Miré a los niños con ternura y tomé la palabra.
Comencé refiriéndome a la manipulación de la infancia. Hablé del respeto a la inocencia. Defendí el derecho a la candidez. A la ingenuidad. A la pureza. Y, finalmente, dije, señalándolos:
“Estos niños que veis aquí no saben ni siquiera lo que está pasando. Cualquiera puede obligarlos a hacer lo que desee sin que logren saber de qué se trata”. Y, a continuación señalé a uno de ellos, diciendo: “Yo puedo hacer que este pequeño (Modesto Guillén, que luego llamarían “Pechera”) busque una pelota que no existe”. Y, a continuación, señalando hacia la izquierda, le dije al niño: “¡Ve, amiguito, pásame esa pelota que está allí”. Y, como si fuera obedeciendo al Flautista de Hamelin, el pequeño fue hacia el lugar que le dije. Y, ahí mismo, señalé a la derecha: “Es esta mi niño, pásamela”, y el niño se movió hacia ese sitio, tratando de encontrar la pelota. Y, así, varias veces, hice que el niño fuera de un lado para otro. Finalmente terminé así: “¿Ven ustedes? Este niño está buscando una pelota. ¡Y la pelota no existe! ¡Y la pelota no existe!
Hubo una tremenda ovación (incluyendo a algunos despistados del “14”). Y, por supuesto los niños que, al ver que todos aplaudían, entendían que debían hacer lo mismo.
Sin embargo, siguieron allí, esperando por las órdenes de su jefe, quien levantó su cabeza, dio un paso al frente y preguntó:
–¿Comenzamos a votar ya?
Está de más decir que hubimos de retirarnos “con el moco pa’ bajo”. Afligidos. Humillados. Vencidos. Cuando pasamos por el colmado “El Manguito” vimos a Diandino Peña y Leonel Carrasco, que se arrastraban de la risa, al vernos cabizbajos. En la otra acera, ya no era el “Viejo Siá”, sino Panchito Jacas quien trataba de dominar la borrachera, haciendo tributo a la época, al gritar:
–Abajo el gobierno, coño.
Y, al llegar al colmado de “Los Bemba”, sólo nos quedaba mirar hacia la casa de Fátima y Charito, a ver si alguna de ellas estaba en la ventana frontal para, mirándolas, disimular la vergüenza.
Más, lo que oí a mi espalda fue una voz chillona que me hizo estremecer:
–¡Ey, morenito! ¡Te brindo un mabí de limón!
Al voltearme pude ver que ¡era Telín! La romántica quien, antes de que pudiera reaccionar añadió:
–Esta canción te la dedico a ti. Negrito bello.
–¡Trágame tierra! –me dije, mientras salía corriendo para no oír lo que acababa de poner José Bejarán en “Pídalo hoy y escúchelo mañana”, de Radio Mil.
https://www.youtube.com /watch?v=em6x16gyPnE
Más, no había sido sólo yo. Todos salimos corriendo para evitar un estigma mayor que el que sufrimos cuando “fuimos por lana y salimos trasquilados” por Leo Corporán y un grupito de carajitos, ninguno de los cuales pasaba de doce años.
Quizás algunos de los que vivieron aquellos momentos quisieran pasar la página.
A mí no me avergüenza.
Yo estaba allí.

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