¿A dónde va el crecimiento económico?



Según las proyecciones de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), se prevé para República Dominicana un crecimiento de un 5.7% para este año, el cual es el segundo mayor de toda América Latina y el Caribe, solamente superado por Dominica (9.0%). Para que ustedes tengan una somera idea de lo que esto significa en términos económicos, basta con decir que el Banco Mundial espera un crecimiento mundial del 2.9% y el Fondo Monetario Internacional, más optimista, del 3.5%.

En cualquier caso, muy por debajo de nosotros. Añádanle a esto que gigantes como Alemania casi entran en recesión y otros como Italia y Francia llevan años flotando solamente.

“¡Crecemos más que todo el mundo!”, grita un inocente ignorante en una de nuestras calles de Santo Domingo, y yo lloro. “Eso es fruto del trabajo del Gobierno y de nuestro partido”, podría vender como propaganda uno de esos líderes del actual partido en el poder, y yo… vuelvo llorar porque, a fin de cuentas, ¿qué hemos ganado con todo eso?.

Desde el año 2005, el país ha mantenido su producto interno bruto (entiéndase por ello el valor final de todas las actividades económicas) con un saldo positivo por más de una década y, sin embargo, más de un cuarto de la población se acuesta bajo las sábanas de la pobreza. ¿De dónde surge esta incongruencia? ¿Por qué si somos tan “ricos” seguimos siendo tan pobres? La respuesta es muy simple: el alto grado de codicia de los más ricos y la mala administración de nuestros gobiernos.

En términos prácticos, el crecimiento económico de un país a partir de su producto interno bruto no significa que la gente tenga más dinero, sino que los dueños de empresas y negociantes están obteniendo más beneficios, es decir, la pequeña minoría, a menos que se mejoren los salarios, los cuales nunca (y lo repito otra vez para que no haya el menor resquicio que albergue alguna duda) nunca han subido en concomitancia con los beneficios obtenidos por las empresas.

De ahí, la abismal brecha que separa a los millonarios que van por ahí derrochando placeres del pueblo que vive en la marginalidad económica.

Durante años, nuestros gobiernos han fracasado (si en algún momento lo han intentado) en fortalecer la sostenibilidad fiscal del país y en la recaudación de impuestos.

La política gubernamental sobre los impuestos es muy similar a la historia sobre el pago por el uso de la energía eléctrica: los pobres no pagan, sino que “la toman prestada del vecino o de algún poste de luz cercano”, los ricos nunca pagan lo que realmente consumen y la clase media tiene que asimilar el pago no hecho por ambos extremos.

En nuestro país, existe desde hace mucho tiempo la idea de que pagar impuestos es sinónimo de perder dinero cuando en realidad, si es empleado correctamente, ese dinero recaudado se revierte en beneficio para todos, pues no tendríamos cortes del suministro de electricidad (apagones) ni tantos baches en las carreteras, entre otras cosas.

Hay que educar a la gente sobre el pago de impuestos y obligar a los más ricos no a pagar más, sino a pagar lo que les corresponde realmente, lo cual, juzgando por la fragilidad fiscal gubernamental, parece estar muy lejos de la realidad.

Pero los errores que nuestros gobernantes han cometido en materia económica con nuestro crecimiento no se quedan ahí, pues estos han seguido la misma obcecación de Joaquín Balaguer al concentrar el erario en Santo Domingo, en obras que no llegan ni a la mayoría ni a los más necesitados.

Diez años de crecimiento para solo tener un metro y un teleférico es igual a burlarse del pueblo, de esa gente que debería empezar a preguntarse dónde está su dinero.

Adam Smith decía que una “mano invisible” es lo que ayudaba a conseguir el equilibrio entre la demanda y el suministro de mercancías en un mercado libre.

Si ese señor hubiese vivido en nuestro país, habría dicho que para conseguir equilibrio entre los más ricos y nuestro pueblo en penumbra se necesitaría no una mano, sino el cuerpo entero.
El autor es periodista