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Adrián Javier en el recuerdo

Adrián Javier en el recuerdo

En la calle Barahona, del Distrito Nacional, en la galería de la casa donde vivía el poeta León Félix Batista, me presentó a Adrián Javier (1967-2013), temprano en los ochenta. Entusiasta y pasional en lo que sería su mayor preocupación en los años siguientes: la poesía.

Meses antes de morir nos encontrábamos a menudo en un supermercado de la zona de Villa Mella, nos saludábamos con cariño y aprecio, tomando en cuenta que nunca fuimos íntimos sino personas que escribían lo mismo, pretendían lo mismo, por caminos diferentes, además de que había uno más adelantado que el otro, en todos los órdenes, y era el amigo.

Me llevaba muchas millas, podría decirse que ahora se puede explicar su prisa de reconocimiento como poeta y hombre de letras (tenía cara de que iba a morir joven), pero de que el amigo se las traía y era un poeta de méritos en lo que respecta a la manera como abordaba la poesía, indudablemente que lo era. Sus poemarios conservan la misma frescura, en lo que respeta a sus hallazgos expresivos, de cuando fueron publicados.

Adrián tenía personalidad, no hubiese podido explicarse sus logros en poesía y su reconocimiento ¿meteórico? Posiblemente, pero ante todo tenía una magia para dar con temas, asuntos y forma de cantar a la poesía que hacía que se alzara con los concursos en que participaba, comenzando con el de Casa de Teatro y el poemario: El oscuro rito de la luz (1988), que fue el que le dijo a los ochentistas que en Casa de Teatro nada más no ganaban los que quería la revolución.

Un moreno alto, flaco, con una voz maravillosa en tonos y modulaciones, leía y recitaba endiabladamente bien sus poesías. Bueno, el poeta se las traía que hasta él mismo se lo creía, y tenía razón. No recuerdo si el mismo día que nos presentó León, recitó sendas poesías, del poemario en gestación con el que ganaría el premio ante aludido y que los lanzó al estrellato y solo hay que agregar otro dato del recuerdo, antes de que se lo lleve el olvido.

Recién ganado el premio nos encontramos en los predios de la ciudad universitaria, no bien nos alcanzamos a ver nos saludamos afectuosamente. Todavía estaba borracho con el premio, y no era para menos, invitándome de inmediato a bebernos una cerveza. Eran las dos de la tarde y en la terraza universitaria pusieron el noticiario de moda en ese entonces, Mundo Visión.  A cada rato miraba a su alrededor, cual famoso, por si alguien lo reconociera. En eso pasaron una reseña de la entrega del premio. Luego pensé que me pareció sospechoso. No creo que para la época este noticiario estuviera pendiente de un premio de Casa de Teatro, sin importar el género, y menos de poesía y un joven desconocido.

El poeta volaba alto y así siguió, cosechando lauros, con libros de poesías, novedoso ante todo por su temática y ese vendaval verbal que lo acompañó hasta su último aliento.

Al reencontrarnos siempre hablábamos de poesía, más bien de su poesía, que era el único tema de conversación que se podía sostener con él. En el tiempo más largo que duramos sin vernos, a los meses de salir el señor Leonel Fernández de la presidencia, nos encontramos y me hizo acompañarlo hasta su casa a buscar los libros que no tenía de él, entre diálogo y diálogo sobre su poesía trajo sendas fotografías con el señor Leonel Fernández, en ese momento era ex con aspiraciones de volver como al efecto, para pagar las que les debíamos. Se me ocurrió hacer un comentario jocoso, no sin antes él alabarme las cualidades del mandatario y yo decirle: “Bueno, si vuelve, aprovéchelo, poeta.”

No creo que le diera ninguno de mis libros con un tiempo de publicado. Siempre quería dárselo, pero no había tiempo, aun diciéndole que yo vivía cerca.

Un mes antes de fallecer nos encontramos en la mañana. Se ofreció a llevarme. Hablamos de su poesía y entre otras cosas me dijo que él era infans terrible de la joven poesía dominicana (yo nada le contestaba), ¿cómo podía hacerlo? Me desmonté de su yipetica con placa oficial (era agregado cultural con asiento en Bruselas).

A los días del mes siguiente, que no recuerdo, murió de complicaciones como resultado de enfermedades. Valga esta desmemoria tardía al poeta y al amigo, de los buenos de la joven poesía dominicana de la ya no tan joven de los poetas de los 80.

Amable Mejía
amablemejí[email protected]

El autor es escritor.

El Nacional