Ayuda, ¿para qué, para quién?



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Más que una práctica humana, la “ayuda social” se ha convertido en nuestro país en una marca imprescindible de comercio público. Su misión es aliviar los espantosos y erizantes efectos de la precariedad. Sus gestas se esperanzan en los diferentes organismos, programas y regalías como curas de la miseria social.

Es cuando entonces quisiera creer en los remedios de nuestros gobernantes para reducir la pobreza e incentivar la canasta familiar. Apoyar sin reservas las obras del Plan Social de la Presidencia, los programas de distribución de servicios a los hogares más desfavorecidos, la tarjeta Solidaridad, los dispositivos de la Dirección General de Desarrollo de la Comunidad o el Despacho de la Primera Dama.

Pero, ¿y cómo, si las dilatadas décadas de democracia dominicana reflejan que los niveles de inequidad no dejan de ampliarse? Si la distribución de gastos públicos es la expresión misma de la violencia social, que priva el acceso a servicios públicos dignos ante un sector privado en progresión. Si las precarias condiciones de existencia sólo dan chance a la resignación, a la obligación de la necesidad, al ¡si no hay de otras! No por el rechazo al sacrificio de un mejor futuro, sino porque han despojado los medios para alcanzarlo e incluso pensarlo. Mutilando así la índole humana de creer.

No se moleste. Anticipo ya la crítica de los tenores de esta política “social” sobre la paranoia de mi ‘‘inconformidad’’ ante la aparente generosidad. Discúlpenme, mayoristas de la caridad, pero seamos francos. Si bien es cierto que estos “planes sociales” son indispensables, el mercado que ustedes han creado no hace otra cosa que subsidiar adeptos del gobierno para que sigamos agitando banderitas y ustedes se mantengan gobernando. Véase, proporcionando soporte a las prácticas clientelares que más que corroedoras, amparan el arma más letal de nuestra democracia: la condescendencia. Y, entonces, cercamos así la miseria con nuestros ‘‘corralitos’’, alteramos de canastas y funditas el “trabajo de base” y, asediamos la esfera pública de roedores moralistas, secuaces promotores en hacernos olvidar el deber del Estado.

¿Hasta cuándo se entretendrá la miseria bajo este sistema políticamente miserable de las “ayudas sociales”? ¿Hasta cuándo nuestros partidos buscarán corregir los efectos coyunturales de la pobreza que su propia administración estructura? ¿Cuándo romperemos con este burdel de silencios cómplice y condescendiente de estos negociantes del honor?

Las posibilidades podrán ser escasas, pero la indigencia crece y cada vez menos tolera su consternación.