Cuando el ego se vuelve caricatura



Al narrador Pedro Peix lo recuerdo por allá por los años 90 entrando a la redacción del Listín Diario de mano de una hermosa, y al parecer personaje de su primera novela “El placer está en el último piso”; “rompiéndole” así los ojos a los otros, haciendo que se consumieran de envidia los que contemplaban al elegante y caribeño dandy que caminaba por los pasillos del centenario diario como si levitara en una pasarela parisina. Hay que destacar que a aquel sucedáneo de Porfirio Rubirosa siempre le acompaña una chica distinta.

Las malas y certeras lenguas decían que las sacaba de un prostíbulo, cosa que no le quitaba efecto a lo que él quería ni resplandor a la fémina. El se paraba, como un genio, a corregir su artículo en estado de diagramación o pegado. Ellas, que no sabían un carajo qué era aquello, asumían el papel de las chicas rubias y tontas con una magistralidad de película. Digna de loa y de la psiquis de Peix.

Peix hizo leyenda como el hombre que aprendió a ganar decenas de concursos de cuentos de Casa de Teatro, como el hombre que jamás perdía la impostura y el brillo del traje “de pana”. Bien trajeado, bien peinado y bien afamado, el mundo le pertenecía.

Al creerse el personaje, sospecho, que más que un escritor inteligente se convirtió en un ser llamativo. Más que un individuo que debió dibujar y estudiar las características de una sociedad mudó a parecer una folclórica caricatura. Quizás por eso leyéndolo siempre tuve la certeza de que no miraba bien a sus personajes, que no se metía dentro de ellos, que no había una honda y lúcida descripción de sus movimientos. Mirarse a sí mismo lo consumió mucho. Sus caminatas por la Ciudad Colonial, sin mirar hacia los lados y a persona alguna, se volvieron antológicas.

Y realmente no necesitaba mirar al otro. El erotismo que quería introducir en sus textos narrativos ya lo tenía en la memoria. Peix no miraba a nadie de tú a tú ni de soslayo. Miraba por encima del hombro las pocas veces que lo hacía. Era su estilo, y bien que le quedaba.

En ocasiones, en su columna “Entre Días”, y en buenos momentos sacó la espada justiciera y cual Quijote embestía a la sociedad con artículos donde cierta brillantez aparecía, donde se colaba una sana rabia contra una sociedad que negaba a los de abajo los más elementales derechos. Pero en la crítica periodística se quedó quizá, como en el vuelo literario: a medio talle.
Sus textos eróticos más celebrados no alcanzan ni medianamente la altura de un texto editado por la Sonrisa Vertical. Estaba muy lejos de un maldito como Louis Ferdinand Celine, quien hizo tienda en los oscuros hoyos existenciales. Su malditismo, era, lamentablemente, de traje, pose y de cáscara.

Desde el texto El fantasma de la calle El Conde hasta el texto pormenores de una servidumbre Peix construyó un erotismo predecible con cierto efectismo, donde a la carne se le adivinaban con facilidad los estertores y jadeos. Esto aderezado por el conocimiento que tenía de lo jurídico, con lo que construyó lo que pudo, que tuvo ciertamente, como en toda escritura, momentos luminosos

A Pedro Peix se lo tragó el ego, y necesitó él vomitar más talento del que necesitaba para lograr cierta trascendencia. Al final sus textos llegaron a rozar cierta chatura. Su última novela es fiel testimonio.

Antes que la sombra lo alcanzara lo vi dos veces, una al lado de su viejo Volkswagen, y la otra, entrando a la librería Cuesta. Ya no concitaba envidia o atención plena, sino miradas o comentarios de burla, por su peinado con el que trataba de tapar la calvicie o por la vejez que ya le vejaba. Era ya un hombre abandonado por la belleza y cercado por la parca. Era ya no un hombre de poster de película sino de caricatura de Harold Priego.

Pero, no puede uno lamentarse, quizá él logró su objetivo esencial de vida: crear más que una buena literatura un sólido personaje llamado Pedro Peix, que es hoy lo que todos seremos: simple evocación o recuerdo condenado a esfumarse.
El autor es periodista y escritor.