Cuando los dioses defraudan



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Cuando se escribe jamás se debe pensar si con ello uno se abre o cierra puertas, sino que simplemente uno respira libremente por las escasas rendijas a las que se tiene acceso.

El poder político siempre establece normas y sus miserables técnicas de dominio respecto a quienes piensan. Aclaro: ser escritor o artista y empleado del sector público no es un pecado per se o algo que obligue a empeñar la conciencia.

Al poder gubernamental se entra y se sale. Es la mecánica más saludable. Que un mismo grupo político por mucho tiempo haya manejado presupuestos y destinos le ha hecho daño a la nación, y ha posibilitado las más insospechadas truhanerías. Y los litorales culturales no escapan a este amargo designio.

Si se pasa balance a la tiranía trujillista uno se horroriza al pensar en los poemas que se le dedicaron, en esas odas a El Jefe para justificar o prevenir que sobre la casa no cayera la desgracia económica o que un miembro de la familia no estrenara ataúd o exilio.

A partir del año 1996 hubo otro desencaje: el pagar o matar del profesor Fernández se constituyó en una extraña filosofía. Ya no eran poemas dedicados, eran especies de manifiestos de apoyo al candidato. Leonel lo hizo. Hipólito también. Y Danilo ni se diga.

En los archivos de los periódicos están esos mamotretos de apoyos efímeros para obtener largos beneficios. Con Trujillo desapareció la tiranía y el ridículo bicorne, con la democracia maquillada a partir del 61 se inauguró el frac y la corbata, pero también la hipocresía para comprar lealtades y a los más pintorescos personajes, especialistas en el arte de arrastrarse.

Evoco los manifiestos donde desde artesanos hasta poetas de quinta categoría se ponían donde el capitán los viese. Eso permitió el empleo seguro, la comodidad tan anhelada en un país de tantos sobresaltos. Pero nadie soñó que la pesadilla durara tanto.

Los morados vendieron la narrativa de la liberación y la pureza para luego despertarnos a la realidad de que aquello fue un mayúsculo cuento. La división antes hecha que el país se escindía entre peledeístas y corruptos ha tenido como destino el retrete. Se le hace chicharrón la boca a quien hoy ose repetirla.

Llegamos al punto en que no es el Estado el que con afán compre, sino el artista el que por ansia o necesidad, se vende.

Uno sueña con un escritor que critica, con un pensador que pone las cosas claras cuándo parece que se tornan oscuras. Uno anhela toparse con una especie de pensador que llama a las cosas por su nombre. Permanecer callado es una irresponsabilidad, no decir lo que se piensa, una deshonestidad que raya en la cobardía.

El intelectual debe ser un buen estilista. Un remedo de Mohamed Alí. Entrar y salir de los temas. Propinar golpes y cuidar la retaguardia. No permanecer nunca en el mismo sitio. Si se calcula los 12 años de Leonel y los casi ocho años de Danilo Medina, estos han creado más que una máquina cultural, un peligroso estatismo.

El intelectual como el periodista no es un salvador ni un héroe. Tantos escritores, críticos y artistas en la nómina pública morada han provocado una abulia y sequía en el pensamiento. Duermen los cuestionamientos, el pensar está de siesta.

Quienes creen que sigue siendo valedera la imagen de que el intelectual es un mero bufón sentado con los poderosos en la mesa y en los festines, están equivocados. Este se ha constituido en un potentado más, en una especie, eso sí de figurín, de divo mal maquillado, abandonado ya por el don de la palabra.

Que una mujer nos decepcione es mucho. Duele. Pero cuando es un dios, cuando es un artista de la palabra, llámese periodista, intelectual, escritor, poeta, la decepción, la hiel que sentimos deslizarse por el alma, es más grande. Duele, sin duda alguna darse cuenta que muchos aún ignoren, que la mano que da de comer es la misma que encadena.

El autor es periodista y escritor.