Opinión

El genre art

El genre art

Hace más de treinta años, José Federico Cuello se presentó en mi oficina con un folder lleno de sueños y lo observé como un artista que aún buscaba el móvil secreto para trascender hacia la gloria. Al abrirme su portafolio para mostrarme lo que había producido en los EEUU, de donde venía, le dije: “¡Estás empleado! ¡Bienvenido a Publicitaria Síntesis!”

Luego de tres décadas de aquel encuentro, una exposición de José Federico Cuello —a la cual tituló Diálogo— me dejó sin habla, porque contrario a los discursos estéticos que emprenden los nuevos productores miméticos, enfrascados por lo regular en prácticas postmodernas, su muestra se apoyó en ese género de la plástica que, históricamente, se conoce con la denominación de “genre art” —o pintura de género—, como si se tratara de una naturaleza inferior.

Asimismo, al genre art muchos críticos lo llaman, despectivamente, “costumbrista” y, sin embargo, ha sido ejercido por excelsos pintores de la historia como Giotto y los muralistas del Gótico internacional y el Renacimiento, amén de los del barroco, como Velázquez, Bernini, Pieter Brueghel, Caravaggio, Rubens, Vermeer, Van Dyck y Rembrandt, así como los que prosiguieron la marcha de un arte ascendente como Goya, Cézanne, Van Gogh, Gauguin, Picasso y un inmenso etcétera.

La exposición de Federico remarcó un discurso en el que los modos de producción social —con sus representaciones y movimientos— conforman, transforman y transmiten un profundo grito, una llamarada de magnificencia cuyo eco, estoy seguro, logra siempre despertar en el mercado estético altas resonancias y prolongados espacios de recapacitación.

Y es que en la historia del arte, el genre art —la pintura de lo cotidiano— ha representado la no-muerte de la rutina del corpus social como trecho evolutivo, como almacenamiento desde donde se originan los saltos y progresos, y eso lo hemos aquilatado a través del poder de la imagen y todo lo que ella ha sido capaz de endosarnos mediante dibujos, pinturas, grabados, esculturas y fotografías.

Por ejemplo, hoy sabemos cómo era el aspecto del campesino cibaeño con sus bordes sanguíneos blancos, negros y aborígenes, gracias a Yoryi Morel, y atesoramos como un poema multicolor —antes de que la postmodernidad y el motoconcho se la tragaran— a nuestra vendedora sobre su burrito a través de los lienzos fabulosos de Morel y Bidó.

Diálogo fue un atrevimiento de colores y luces donde el genre art gritó al lector que las costumbres que han provocado este hoy que vivimos palpita —desde sus cimientos— allí donde abanica su presencia el pasado con el canto maravilloso de las aves, el crecer de la yerba, la promisión del mercado agrario, la inocencia de los niños y la mansedumbre que enrola la paz rural.

Diálogo fue una muestra para recordar a los buscadores de producciones vanguardistas, que la plástica es un oficio en donde es preciso apostar sueños, quimeras y pasiones que conecten al productor con los verdaderos valores sociales, porque es allí donde superviven las concepciones que respetan y glorifican la historia.

El Nacional

Es la voz de los que no tienen voz y representa los intereses de aquellos que aportan y trabajan por edificar una gran nación