¿Qué Pasa?

El lado bueno

El lado bueno

Caminaban de la mano como miles de madres y sus hijos en las calles de cualquier país. Y la escena que surgió, también fue muy parecida a la de una madre y su hijo. Parecida a una fábrica cualquiera, en la que no se hacen plásticos ni alimentos, sino personas…agresivas.

De repente, él niño pareció perdirle que se pararan ante una vitrina de aquella plaza llena de tiendas, quería ver un juguete, y alegre, con su cara de ángel, se detuvo, mientras ella, parada a su lado, le decía mil cosas inentendibles.

Yo, caminando junto a ellos, solo pude escuchar  algunas frases insultantes, mientras miraba la cara del pequeño de algunos 7 años y pensaba que eran demasiado duras para aquella edad.

Vi nuevamente al pequeño que inició su paseo alegre, mientras transformaba su rostro y pensé en aquella película que muchos disfrutábamos cuando niños y se llamaba “Hulk”, en la que la atracción principal eran los cambios que sufría el personaje, cuando se volvía monstruo.

Y no es que el pequeño pareciera un mostruo, sino, que al despegarse de la tienda que miraba antes entusiasmado, ya su rostro no era el mismo, iba más serio y la sonrisa se había despedido de su cara, desde las primeras palabras insultantes de su madre.

Ella lo haló fuerte por las manos, para convencerlo de una manera violenta, de que había que irse, gesto que generó cambios más notorios en el rostro el pequeño, que ahora, más bien parecía un hombre molesto, en cuerpo de niño inocente.

Comenzaron a caminar de nuevo y los seguí con el deseo de acompañar al hermoso pequeño en un momento difícil, pero tuve que detenerme lejos de ellos, cuando ví que la madre entraba a una oficina dentro de la plaza.

Vi por el cristal, cuando ella más que sentar “sembró” el pequeño en una de las sillas de espera del lugar. Fue en ese momento cuando observé detalladamente su cara que había dibujado un gesto arrugado. Observé como su boca, antes sonriente, ahora más bien parecía un “truño” y sentí, cuando miré sus ojos, grandes llamas de una violencia que crecía, con cada actitud abusiva de su madre.

Ella terminó su gestión en la oficina, lo tomó de la mano, talvez ya más calmada, pero él seguía con aquella cara amargada, que me lucía ya no le cambiaría durante el día.

Esperaron un carro en una esquina cualquiera, ella intentó tomarle la mano para ayudarlo a entrar, pero el la esquivó, entrando solo. Ambos se sentaron y los perdí de vista.

Fue cuando quedé pensando en que una fábrica como esa, solemos tenerla muchos en nuestros hogares, sin darnos cuenta.

Armamos el mundo de gente violenta que vamos construyendo poco a poco, sin querer, eso si, sin querer…sin querer.

miguelinaterrero@hotmail.com

El Nacional

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