El motoconcho: pan de cada día del atraso



No hay dominicano que al caminar por una calle solitaria escuche el sonido de una motocicleta y no se espante. Representa el ave de mal agüero en dos ruedas por antonomasia. El mismo no presagia nada bueno ni nuevo. Pues quien lo escucha puede estar a un paso de ser atracado o constituirse en víctima.
Así como que en cada asalto se viene haciendo normal que haya involucrado un agente policial, también que se utilice para el acto de delinquir una moto. Verbi gratia más reciente y escandalosa es la del ex pelotero David Ortiz, pues uno de los cómplices andaba en “una moto”.

La motocicleta cuando se utiliza para transportarse de manera individual es sinónimo de subdesarrollo; pero cuando se usa como medio de transporte público lo es de barbarie. Ojo, y no de tuerto: República Dominicana es uno de los pocos países que usan este medio de forma masiva para transportarse. Eso nos pinta, nos da un perfil (a los privones caribeños) de por dónde andamos en cuanto a civilización se refiere. No hay torre ni yipeta que valga.

En el año 2017 en el 66,7 de las muertes por accidentes de tránsito ocurridas estuvieron involucradas motocicletas. Es el parque vehicular que crea pandemónium y pesadilla en esta ciudad y los campos.
Para tener más idea de lo monstruoso que es este problema, nada hay que más imaginarse que de un parque vehicular de 4 millones y medio de unidades existentes, el 55,1 por ciento corresponde a motocicletas y tan solo el 20,9 a automóviles.

Y es que la motocicleta es aliada de todo lo que es oscuro o pretende serlo: el muchacho joven en el campo o la ciudad la usa como medio de sustento, el joven delincuente la usa para labores de fechorías, y ante el caos y desamparo en el asunto del transporte, los ciudadanos se ven obligados a encaramarse a ellas para llegar a sus destinos. La última modalidad, y en la cual ha perdido la vida muchos jóvenes, es que en motos se dedican a echar carreras en muy concurridas avenidas.

Moto. Motocicleta. Motora. Motoconcho. De cualquier forma que usted le llame, sigue siendo sinónimo de ruido, crimen, mutilación, o atraco.
Me ha llamado la atención un uso que últimamente se le ha dado. Es, sin lugar a dudas, el más oscuro y siniestro. Se ha utilizado para transportar cadáveres “robados” de hospitales y morgues. Así como usted oye. Fue así como en agosto del año 2011 el cadáver del joven Francisco Manuel Brito alias Boquita (muerto en un intercambio de disparos) fue sacado por familiares del hospital Luis Morillo King de La Vega.

La foto recorrió el mundo. Pero también por mi espinazo y me dio escalofríos. En la misma se ve como el cadáver de “Boquita” va entre el conductor y el copiloto. El cadáver en esa horizontalidad siniestra en el motoconcho. El asunto quedó ahí. Hubo investigaciones, pero no consecuencias.

Por lo que, ciudadanos sabedores del reino de desorden del país, volvieron a repetir la hazaña, y sacaron hace unas semanas a “su muerto” del hospital Jaime Mota en Barahona y se lo llevaron en una “motocicleta”. Como de costumbre, las autoridades, en la persona del vocero de PN, de Frank Félix Durán, recurrieron al bla bla bla ese de que “están investigando”. Nadie fue detenido.

Llega un momento en que se deben romper las amarras, y es como cuando el judío se dio cuenta que no estaba predestinado a la persecución, el negro a la discriminación, o el indígena a la sumisión, así el dominicano debe darse cuenta que no está condenado a parecer salvaje o a vivir sin respetar normas.
Lo malo no es que ocurran las cosas por oscuras o perversas que parezcan.

Lo preocupante es cómo la sociedad reacciona ante ellas. Por lo tanto veamos siempre el motoconcho y el sacar y transportar cadáveres como un absurdo, una muestra de barbarie. Y mientras tanto, si escucha el ruido de un motor despabílese, y este consejo lo doy pese a parecer antipatriota o que con él pueda alejar dólares, perdón, turistas.

El autor es escritor.