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Inteligencia y sabiduría

Inteligencia y sabiduría

Inteligencia y sabiduría Ambas son penas

Ambas son penas

Podría entenderse que la inteligencia se mide por la preocupación por el otro y la sabiduría por sí mismo o que terminan siendo ambas penas a la vez.

Se diría que la excesiva preocupación por sí mismo de estos tiempos es de sabio, o de inteligencia y aún así eso estaría por verse; lo mismo cuando se pretende ser uno y otro en estado de pureza.

Un precepto clásico resalta que el hombre nace bueno y la sociedad lo pervierte, con esto quizás y la referencia anterior nos quiere decir, que el hombre es sabio desde su nacimiento y que, al buscar la manera de sobrevivir los hace inteligente, que la inteligencia es una forma de dar un toque diferente a como miramos y transformamos nuestro entorno, heredados de nuestros mayores, en el orden de lo tecnológico, científico y todo lo que se fragua en un laboratorio, incluyendo un tipo de fe religiosa.

No debo obviar que todo esto es palabrería, galimatías para llamar la atención tanto de la inteligencia como de la sabiduría, que, en esencia, es el fin de estas líneas que no tienen ninguna predeterminación o pretensión, a no ser que cada quien despierte un chin de sí mismo (sabiduría) y se cuide hasta donde les sea posible (inteligencia), pero ¿cuándo no ha sido así desde los albores de la humanidad consciente paso a paso?.

Aparentemente en otro orden, cuando todos los aprendizajes se reducen a un solo termino: Cuidarse y ese cuidarse tiene que ver con la sabiduría y la inteligencia acumulada por la humanidad de la que tiene memoria o no, da mucho que pensar, que tampoco se llega muy lejos. Es como caer dentro de un pozo y en principio hacemos todo lo posible por salir y después nos resignamos y aparece, como por arte de magia, la forma de salir, sea por el buen samaritano o porque algo de adentro nos iluminó y no era nuestra hora.

El optimismo de hojalata con fe es el que está de moda, pues bien, asumámoslo, no hay de otra. Quien sea que esté tocando a la puerta (el calentamiento global), que espere. Esta última palabra que tanto pesa en los hombros cuando asedia cada paso que no se entiende como avanzar sino como estancamiento. Es como podría calificarse todos estos meses. Cuando el ojo del huracán se haya desplazado, lo que llevaría a pensar o se estará pensando, sería en reconstruir y olvidar recordando selectivamente a los que ya no están, aparentemente. En el caso de los que no están por desaprensivo de esta situación recién y el que está por “terminar”, no tiene el mismo peso para la sociedad, con todo y estar hablándose de seres humanos, pero no hay de otra, así es la vida. ¿Quién selecciona quien se queda o quien se va? ¿Será nuestro libre albedrío? Ante lo inmenso todos somos iguales, para el buen o mal proceder de la vida, inteligencia y sabiduría. Su equilibrio si no es vital es bueno considerarlo.

Cuando la condición de ser humano se niega a sí misma a pensar en el otro y en sí mismo, está en la vía contraria de la peor manera. ¿Neutro? El fin siempre debe ser el cuidar, el velar por el otro a partir de sí mismo, no el de la imagen en el espejo, sino el del que está al lado con su sombra, tanto a la luz de una vela como ante los rayos del sol. En esencia, todo es el otro y sí mismo por más porque se quiera pensar lo contrario.

El otro es la mano que nos hace falta, la que pertenece a la “evolución” del hombre. Hay que pensarse en estos tiempos como un cuento sin final feliz, cosa que la característica del cuento no es el final feliz, sino lo paradójico: “De pronto se dio cuenta de su proceder y de seguir de terco les acarrearías…”

La vida podría acercarse a la forma abierta o cerrada de una novela. Con un principio y un final abierto, donde entran y salen los personajes, todos revestidos de la aurora del sueño, pero dentro de su discurrir se constituye en un cuento bien o mal contado, que va a depender de quien la escriba. Al cuento se le valora por su final sorpresa. Nuestro planeta, con lo del calentamiento global, anda detrás del final sorpresa y no hay que señalar al culpable por un exceso de inteligencia quizás mal aplicada, más que mal aplicada, desaprensiva.

Por: Amable Mejía
amablemejía1@hotmail.com

El autor es escritor.

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