Junot Díaz: El ocaso del héroe americano



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Recuerdo que era uno de esos días grises en Nueva York, caía mucha nieve y al poco rato se hacía lodo, perfecto eso sí, para conversar sobre situaciones existenciales oscuras, o para ahondar sobre los más espinosos temas que acosan siempre al alma y sobre todo a los inmigrantes (seres harto desarraigados).

Departía con el fenecido novelista Viriato Sención y analizábamos en torno a los recovecos y secretos que han de buscarse en el arte, y más que todo en la narrativa, cuando de pronto surgió el nombre de Junot Díaz, ese transitorio enfant terrible caribeño.

Viriato me contó sobre el drama que vivía “ese muchacho con talento”. Me dijo que Junot lo había llamado en cierto estado de desesperación pues debía terminar una novela y la editorial estaba ya casi tocándole las puertas. Y él no encontraba formas de avanzar. Estaba empantanado, y por supuesto (of course) ya había cogido un buen adelanto de dólares. Esa dama, la depresión, de mano de su consorte, el desespero, ya empezaba a subir las escaleras del escritor. Me contó, por igual mi amigo, otra anécdota de Junot que horrorizaría a las beatas escritoras del patio.

Claro que el autor de “Los que falsificaron la firma de Dios” le dio algunos consejos. No recuerdo cuáles, pero sí que Junot Díaz se maravilló de cómo éste podía escribir con facilidad, fluir sin grandes contratiempos de un capítulo a otro. Tan campante como Johnnie Walker. Con esa despreocupación del cantante que se ve seguro en el escenario. No todo el mundo tiene la gracia de Ali para congraciarse con el ring, ni la creatividad potente de un Rulfo para fundar mundos inimaginables.

No sé si le sirvieron los consejos. Lo cierto es que aquel muchacho, al que perseguía la irreverencia como los relámpagos al cielo, que había escrito unos relatos interesantes y que habían llamado la atención en la revista The New Yorker, dio a la publicidad su celebrada novela “La maravillosa vida breve de Óscar Wao”.

Luego del Wao aquel el éxito llegó. Los méritos literarios que la novela tiene y tenía causaron revuelo. Junot tenía en términos biográficos, y así en su novela, cuestiones que les interesaban siempre al crítico y lector estadounidense. Como el bicho que llama la atención al entomólogo. Hijo de militar, inmigrante, hombre de color, inadaptado social, el tipo joven que no encaja nunca en la sociedad de blancos, y una retahíla de cualidades que la lista enrarecen.

El triunfo se dio. Junot Díaz se hizo el tótem del triunfador inmigrante. Con el éxito vino todo lo que un autor puede desear. Reconocimiento, contratos y aplausos, el mimo perfumado de los editoriales. Que Junot Díaz no sea otro Oscar Hijuelos, que con el tiempo ni se mencionará, lo dirá el tiempo que tanto sabe de olvidos.

Aún Junot no sabía que había formas terribles de crecer y triunfar, y también de caer y volverse trizas. Y un pasado, que como todo personaje de novela tiene para entenderse, vino a complicarle la vida.

De un momento a otro aquel muchacho se le derrumbó el castillo de naipes. Una acusación de acoso sexual trastocó todo cuando en el éxito americano empezaba a asentarse. Entonces vino la confesión: violado a los ocho años. Algo terrible. Pero el estigma de que era abusador con las féminas pesó mucho más que la situación de que fue un infante abusado.

Así que aquella sociedad americana que le aupó empezó de inmediato a sacarle la alfombra, para así descubrir más mugre de aquel hasta entonces exitoso personaje. Esa sociedad que tan magistralmente describe Ray Bradbury en la ficción o Noam Chomsky en el ensayo, empezó a pasarle facturas. Y claro, al ostracismo y contra las cuerdas fue empujado sin misericordia. No será el apestado que es Woody Allen pero sí a una cuarentena moral sometido.

En otros tiempos esos casos por los que se le acusa a Junot serían más que fofas anécdotas de un irreverente escritor. Hoy, con el Me Too protagonizando, son una infamia y le cuestan que hasta en Wikipedia aparezcan como coletilla oscura en su biografía.

Con el fracaso viene el terrible silencio, ese que ahora sacude a Junot, y las terribles arcadas para el alma. Ahora que evoco aquella nieve que caía mientras conversaba con Viriato, y que estoy en trópico sacudido por hechos políticos, se me hela un poco el alma a pensar en mis días en la gran urbe, y sigo caminando, viviendo…No hay de otra….

El autor es periodista y escritor.