La academia de los pobres



Cuando obtuve el título de Bachiller en Filosofía y Letras no me inscribí de inmediato en la entonces Universidad de Santo Domingo, porque no me sentía atraído por ninguna de las carreras que allí se impartían.

Claro que a esta condición contribuía el hecho de mi radical oposición a la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo Molina, donde el éxito de un profesional universitario estaba supeditado en gran medida a su adhesión al régimen.

Desde mis años de adolescencia no rehuía las jornadas laborales, por lo que dediqué varios años a ayudar a mi padre en el negocio de lavandería que durante más de cuatro décadas mantuvo en la barriada capitaleña de Villa Consuelo.

Pero esta ruda faena, que me obligaba a bregar con lavanderas y planchadoras, planchadores de máquinas a vapor, mensajeros, fogoneros, clientes de variada personalidad, llegó a hastiarme.

Mi renuncia provocó el disgusto de mi padre, y el surgimiento de una repentina vocación me llevó a inscribirme en la escuela para locutores de la Voz Dominicana, emisora propiedad de Petán Trujillo.

No pude resistir la asfixiante atmósfera represiva imperante, pero tuve la suerte de ser aprobado poco después en los exámenes de la Comisión de Espectáculos Públicos y Radiofonía para ejercer la locución.
Mi primer empleo fue en Radio Tricolor, dirigida por Hugo Hernández Llaverías, en sacrificado horario de once de la noche a cuatro de la madrugada.

Fue con mi escaso salario que pude inscribirme en la universidad estatal en la Facultad de Derecho, donde me sorprendió el ajusticiamiento de Trujillo y la lucha por su autonomía.

Desde entonces puedo afirmar que me he mantenido fiel a esa prestigiosa y meritoria institución docente, de la cual soy un tardío y orgulloso egresado.

La razón por la cual escogí la carrera de Derecho se debió a que en los años de la década del cincuenta y del sesenta era la más afín con las artes, las letras y el periodismo, mi real y definitivo sendero vocacional.

Cercano a su finalización, comprobé que me gustaban todas las facetas de la comunicación, por lo que sólo me gradué de doctor en derecho por vergüenza geriátrica.

Por azar del destino, desde mis inicios en el llamado cuarto poder una de las fuentes noticiosas que mayormente me han asignado corresponde a la desde hace más de cinco décadas denominada Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD).

En su recinto, he sido reportero entrevistador de sus autoridades y líderes estudiantiles, así como de las protestas que en sus terrenos se han producido por diversas demandas.

En mis años de estudiante mantuve un breve noviazgo con una condiscípula que tiñó de sentimentalismo la relación con mi Alma Mater.

Como periodista del vespertino Última Hora aspiré gases lacrimógenos lanzados por efectivos policiales en sus predios durante la llamada lucha por el medio millón para su presupuesto.

Una de las más combativas luchadoras de esa jornada fue la licenciada Ivelisse Prats Ramírez, con la cual mantuve una relación noticiosa, que culminó en un matrimonio próximo al medio siglo de duración.
Junto a su grandiosa labor docente, la UASD ha protagonizado jornadas patrióticas por la democracia dominicana, con su carga de héroes y mártires.

Universidad de los pobres sería un justo título para esta academia, cuyas aulas no alcanzan para albergar los cientos de miles de jóvenes y adultos que ingresan en sus aulas.

Hasta el momento, y en parte por esa excesiva cantidad de alumnos, los recursos que le asignan sucesivos gobiernos no alcanzan para cubrir sus gastos.

La primera mujer que ha logrado la posición de rectora, Emma Polanco Melo, realiza una ingente labor de racionalización de recursos, que sin embargo afirma requiere del gobierno un presupuesto mucho mayor que el actual.

Cuando eso se produzca, este humilde hijo suyo experimentará una de las mayores satisfacciones de su octogenaria existencia.

Y la República Dominicana realizará uno de los mayores avances en su desarrollo como nación.