La creación en arte ¿Ángel o demonio?



Parecería ingenua la interrogante, pero no lo es ni lo ha sido nunca. Al artista, al escritor, al músico, al pintor, al dramaturgo siempre se le ha asociado con “fuerzas incontrolables e indefinidas” que originan la obra, que ni el mismo creador comprende aunque hable mucho o poco de ello.

El misterio está planteado, no para dilucidarlo, más bien para acercarse y rastrear esa siqui tan particular del componer, escribir, subir a un escenario y al hacerlo “crear” una manera de ver, entender y sentir por un instante, de acuerdo a la labor del artista.

Todo arte cambia a su tiempo a la vez está acompañado de los porqués usuales, es decir las fuerzas oscuras o no tan oscuras que les dieron origen.

Desde el modernismo, el en caso hispano latinoamericano, que abrió las puertas a una nueva percepción en la escritura, están presentes las fuerzas aludidas anteriormente. Los modernistas mayores, desde Rubén Darío en adelante fueron grandes lectores de ocultismo, al igual que el simbolismo y surrealismo.

Algo hay de “sobrenatural” cuando se “encuentra” una nueva percepción a través de una melodía, poema, novela, cuento, drama, en un danzante. El creador o médium, para llamarlo con un poco de misterio, convoca no se sabe qué, que transforma, haciendo lo mismo con el que degusta la obra por afinidad, empatía.

En el caso de un poema, las fuerzas que convocan, son totalmente diferentes a la de una pieza musical, la novela, el cuento, el drama. La escritura de un poema nos deja como en un estado de vigilia, de descanso espiritual contrario a la de la prosa, que nos desahucia, nos deja como un bagazo.

Lo que quiero significar es que con la prosa estamos más cerca de fuerzas que no podemos “dominar”, contrario al cultivo de la poesía. En prosa no se puede ser ingenuo, estar indeciso. En ella algo nos empuja hacia un fondo, del que no solo caemos sino se comprende lo que se está escribiendo, reitero, contrario a la poesía, que va hacia todo lo más claro.

El advenimiento de las ideologías sustituyó a los “más allá” como simbología, para incorporarlo a una cotidianidad reivindicadora de la vida cotidiana por mejores propuestas de vida material. Con esto no se quiere decir que todo resultado creativo (escritura, música, pintura y demás artes), sea necesario estar conectado a “algo” para producir un texto de calidad, no necesariamente.

Los caminos de la creación en arte son inexplicables, a veces a la lógica, a la razón, al pensamiento en espiral, no a una sensibilidad en ascenso, con un poco de claridad y oscuridad, en su lógica interna.

La creación exige vigilancia “consciente” de todo lo que es convocado al momento de irse construyendo con signos el texto. Nada se puede explicar en el proceso y mucho menos en los resultados.

Al ser convocadas todas las fuerzas, digamos del bien y del mal, que habitan en uno, la misma energía busca su equilibrio y ese equilibrio es el resultado, llamado obra acabada. Damos lo que tenemos, claro y oscuro, al momento del, ¿punto final? al resultado de un sentimiento.

Toda creación en arte es el resultado de un sentimiento en pugnas. Recordemos a Baudelaire, Rimbaud, Novalis, Lautréamont, Mallarmé, Valéry Trakt, los surrealistas… en poesía.

En prosa Flaubert, Dostoievski, Lermotov, Proust, Joyce, Mann y Kafka. En Poesía en Latinoamérica, Rubén Darío, una parte de Neruda, Vallejo, y en prosa, Borges, Onetti, Sábato y Cien años de soledad de García Márquez.

Lo que podría tener algo de verdad, es que razonar la creación de una melodía, escribir poesías, novelas, cuentos, dramas, por más claridad que tengamos en el proceso de creación, al “perseguir” la palabra que unida a otra forma un imaginario, que a la vez pueda “empatar” con el espíritu de “otro”, que va desde uno mismo hasta el llamado “alma gemela”, es decir el lector, tiene mucho que ver con el equilibrio de todo lo que ese resultado contenga, que se diga como arte, que proporcione un nuevo escalofrío al que está detrás de la página, ¿o dentro) y buscando “descifrar” quién es y quién es el que lo sugiere en caracteres eternos, símbolos musicales, un grito en escena, en pintura, un lienzo en blanco; pues la eternidad es solo instante de escalofrío, que pueda significar, somos otro, por un instante, al contacto con esa “visión interior huracanada envuelta en un color, una palabra, una melodía, un danzante, que solo existe al despertar” en el orden de la creación en arte, sea ángel o demonio.
El autor es escritor.