Luis Días no era de este mundo

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Del cantautor Luis Días tengo dos recuerdos personales: el primero, la vez que dio un concierto en un salón frío en Washington Heights, para una sola persona, con el ímpetu y entrega como si fuese ante una multitud delirante, y otra ocasión en que parado frente al “Record Shop Rufi Music” –en un invierno oscuro neoyorquino- le pregunté qué quería tomar para yo brindarle, y se decantó por una barata cerveza, la del negro pobre, la de la “working class” estadounidense, y la de cierta “white trash” (basura blanca) sin destino.
Muerto, Luis, el compositor y el cantante en vida menospreciado, adquirió la estatura de genio. Cuando estaba vivo, a la sociedad dominicana le hedía.

Lo veían como un inadaptado social, como un artista que podía haber sacado más provecho de su talento, o que en definitiva debió adquirir los modales burgueses de vestir de saco y corbata y hasta perfumarse un poco más para amedrentar el respirar de su rabiosa epidermis.

Como algunos en la vida, Luis Días nació con una gracia y una desgracia. Con la gracia de que se comprendiera y tarareara su arte, y con la terrible desgracia de que muy pocos, absolutamente un puñado de seres, en estos 48.442 kms cuadrados de tierra y asfixie, entendiera su vida y forma de “comportarse”.

Fue una especie de Bruce Springsteen caribeño. El nuestro más rústico y con más ingenio. En lo personal se consideraba un tipo feo. Durante una sustanciosa conversación, nos lo confesó a mí a y a su gran amigo Rufino. Lo convencimos de que no era así, que tenía él un no sé qué que a ciertas féminas encantaba; por pocos minutos asintió con la cabeza, pero fue un convencimiento efímero. Arrastraba ese complejo de feo como Cyrano de Bergerac arrastra su nariz luenga (de forma inevitable).

Se transformaba cuando iban en paralelo las cuerdas de su voz con las cuerdas de la guitarra. Para digerirlo había que verlo en escenario cantando “El trago del muerto”, “Ay ombe”. La sinceridad y fuerza de su lírica creaban una estupenda atmósfera.

“El guardia del arsenal”, “Marola”, “Las vampiras de mi tierra”, piezas sinfónicas, y la producción “Yo quiero andar” de bachatas a Sonia Silvestre, demostraron que aquí pocos compositores tenían el talante para conectar con el pueblo y el talento para ser consistente en distintos géneros musicales.

Su casa era su colmado que estaba a la vuelta de la esquina, su país era la Ciudad Colonial, su imaginación, sin embargo, no conocía límites geográficos, y se amparaba en los órdenes y desórdenes espirituales de un hombre que lo único que lo conectaba al mundo era la música, cosa que le servía para quebrar el profundo silencio que emanaba de un rostro en cierto aspecto adolorido.

Hubo cosas que le dieron equilibrio para soportar la vida a Luis Días: el alcohol, ciertos paraísos artificiales, la composición y la guitarra. No era leyenda urbana que fuese excelente maratonista, ¿huía acaso de un dolor?, y que leyera en lengua original a un tipo tan enrevesado u poético como William Faulkner. No hacía alardes de ello. Le molestaba eso sí que mucha gente creyera que en República Dominicana sólo se producía la bachata y el merengue.

Cuando murió Luis vi cómo el ruido de la plebe lo arropó, pero lo más lamentable, también el de la hipocresía de cierta élite. Se le quiso homenajear al hombre que llevó la canción a la épica (El guardia del arsenal), se condujo su ataúd como la mayor alharaca, a ese que semanas antes se le irrespetaba en Casa de Teatro, tratándole como a un cualquiera.

Un gran mérito tuvo Luis: fue como quiso ser, permaneció fiel a su estilo de vivir hasta que la parca de manera sorpresiva lo abrazara.

Su obra artística como compositor es una tarea pendiente. No es ya cuestión de alabarle sino de estudiarle con ánimo de descubrirle en lo más íntimo. A dos cosas estuvo condenado El Terror: a diluirse en una libertad sin límites y a nunca ser de este mundo, quizás para bien de sí mismo, y lo más importante, para bienestar y grandeza de su arte.

El autor es periodista y escritor.