Manuel Camino Rivera



Nos conocimos en los lejanos días de la infancia, por la cercanía de nuestros hogares en el barrio capitalino de San Miguel.

Y el afecto fraterno surgió cuando aprendimos a leer y a escribir bajo la férrea disciplina de la maestra Tula Ozuna, en su escuelita ubicada en el mismo sector.

Desde entonces Manuel Antonio Camino Rivera dio muestras de un carácter enseriado y un apego a los valores morales vigentes en la época.

Hijo del exboxeador y agente vendedor José Ramón Camino Menéndez y la señora María Dolores Rivera Castro, ama de casa tradicional, su familia era una de las de mejor posición económica de aquella barriada de baja clase media.

Esa circunstancia se manifestaba en que un pequeño automóvil mostraba sus líneas junto a la acera de la casa, en la que muebles confortables y un radio moderno mostraban un elegante conjunto.
La vocación de Manuel por la carrera de abogado surgió sin desviaciones desde la adolescencia, y la ejerció con honestidad acrisolada y gran valor físico y cívico.

En sus años de estudiante de primaria y del bachillerato no se ausentaba del aula, y obtuvo buenas calificaciones por su aplicación y excelente conducta.

Valiéndome del lenguaje popular puedo afirmar que no ejerció ninguna de las vertientes del tigueraje, consistente en tandas de ingestión de bebidas alcohólicas en barras o restaurantes, ni en visitas a centros de diversión de reputación dudosa.

Pero donde mi viejo amigo alcanzó dimensiones de inconmensurable grandeza moral fue en su lucha desde temprana edad por la democracia dominicana.

Cuando el Movimiento Popular Dominicano, de ideología izquierdista, instaló su sede en la avenida Duarte, en plena vigencia del trujillismo, el valeroso jovenzuelo pasaba horas escuchando los mensajes que a través de altoparlantes pronunciaban sus dirigentes y militantes.

Esa cotidiana costumbre motivó que un conocido miembro del temible Servicio de Inteligencia Militar expresara ante un grupo de muchachos del barrio, que Manuel era un comunista y desafecto del gobierno.

Enterado del incidente alerté sobre el peligro que corría mi amigo, quien sin embargo continuó con su presencia cotidiana frente al local de la organización anti trujillista.

Cuando ajusticiado Trujillo se iniciaron las manifestaciones contra los remanentes de su tiranía, el entonces profesor de la Escuela Normal Nocturna Eugenio María de Hostos se incorporó a esa lucha.
Y una noche en que agentes del régimen se apersonaron a la escuela con el aparente propósito de detenerlo, alumnos y profesores formaron un cerco protector sobre el combativo profesor.

La caída de la dictadura determinó que el doctor Camino Rivera pusiera mayor empeño en el ejercicio de su profesión, que alcanzó su culminación durante los doce años de los gobiernos del presidente Joaquín Balaguer.

Surgido después de la revolución del mes de abril del año 1965, esa gestión gubernamental se caracterizó por la persecución de los que combatieron por la reposición del derrocado presidente constitucional profesor Juan Bosch.

En ese periodo Manuel se destacó por defender en los tribunales judiciales a gran parte de las víctimas de la represión, la mayoría de las veces de manera gratuita.

Durante los años de 1967 a 1978, y en mi condición de periodista de diversos órganos de comunicación, fui testigo y narrador de esos juicios.

Admiré su verbo elocuente que denunciaba, a veces con valor fronterizo con la temeridad, las violaciones a los derechos ciudadanos cometidos por las autoridades civiles y militares.

En una audiencia en la cual se juzgaba a un militar acusado de haber dado muerte a uno de los participantes en una manifestación contra el gobierno, el doctor Camino Rivera actuaba como representante de los familiares de la víctima.

Y como era común en esos eventos judiciales la sala donde se efectuaba estaba acordonada por numerosos miembros de las fuerzas armadas provistos de armas largas.

Entonces, entre otras frases pronunciadas con voz vibrante, el fogoso jurista dijo que “era difícil impartir justicia en ese vergonzante marco intimidatorio”.

Asistí la mañana del pasado día 26 de diciembre al velatorio en la Funeraria Blandino de la avenida Abraham Lincoln del honorable ciudadano, notando apesadumbrado los escasos asistentes.

Y pensé que si hubiese asistido la mitad de los que aún viven de sus defendidos, la capilla donde se velaron sus restos hubiese estado repleta de personas agradecidas.

Pero el prócer de la independencia de Cuba José Martí se refirió acertadamente alguna vez a lo que definió como “la eterna ingratitud de los hombres”.