Mario Puzo: El Padrino de lo oscuro



La novela El Padrino cumple 50 años, esa misma que parió la película (The Godfather) que cada vez que uno ve más perfección encuentra y más pequeñas imperfecciones se desdibujan. La niña bonita de Paramount Pictures, la que creó una escuela en el género de la mafia.

Si usted es cinéfilo y no la ha visto más de diez veces debe revisarse. Si es escritor y no ha quedado prendado con alguna de sus hermosas escenas, su predilección por el esteticismo está en dudas. Porque El Padrino es el abc estelar del cine. El libro que tengo es de la editorial Grijalbo, y en su portada no aparecen metralletas ni adustos mafiosos, sino la silueta de unos edificios, en vertical y en rojo y azul, como levantándose de la eterna resaca neoyorquina.

Pero hablemos del libro. Ha sido calificado como normal o mediocre en términos literarios. Ha sido desdeñado por esa crítica que se pone unos anteojos para descubrir qué hay de genial o no en una obra. Pero esta novela escapa a ciertos cánones, su encanto es de otra naturaleza, su reino no está para el mundo de los que leen linealmente o con prejuicios.

Digamos que la novela de Puzo fue el extraordinario boceto o dibujo creado para dar con la película. Pero hay algo misterioso en ese texto, que lamentablemente aún menosprecian algunos “escritores profesionales”. Hay en el texto una magia. Lo leo aún con gusto. ¿Por qué la novela catapultó a tantos personajes? La verosimilitud de estos es lo que les ha dado la inmortalidad.

En El Padrino están representadas todas las virtudes y taras del ser humano. Si Sonny representa la impetuosidad irreflexiva, Michael Corleone representa la frialdad, y Don Corleone el comedimiento oscuro.

Pero cómo uno no enamorarse de personajes como Luca Brasi, quien era el terror hecho persona o Frederico (Fred) quien representa el hombre sin carácter por antonomasia, o de Bonasera, el empresario frío y calculador de pompas fúnebres, o de Kay Adams, la mujer elegante, fina, atraída por el torrente subterráneo masculino que representa Michael.

Además de estos personajes, el libro está escrito en una sintonía magistral con la oralidad. Puzo nos pone a escuchar un cuento sobre unos personajes, y lo hace con un tufo a espontaneidad que nos coloca en vilo. En el libro no hay pretensión literaria, pero sí hay mucha tensión, literalmente.

Más allá de la sangre, de la vendetta, Puzo nos coloca ante la sinuosidad y lo inconmensurable del alma humana, y lo que provoca que nos desplacemos con tranquilidad en la playa que está más allá del bien y del mal, es que la arena de su estética es tan blanquecina, tan suave, que nos enamoramos de los bajos fondos.

Mario Puzo parece en sí mismo un italiano duro. Cigarro en la boca, espejuelos un tanto oscuros, cualquiera pudiera especular que es un espécimen más de la mafia, un tipo surgido de los bajos fondos sicilianos.

El Padrino está lleno de frases que han terminado siendo sentencias: (“le voy a hacer una oferta que no podrá rechazar” o “no odies nunca a tu enemigo, porque perderás la perspectiva”), y también de escenas que son la quintaesencia del séptimo arte o de la más bella fotografía y que ya son antológicas, como esa donde cometen el primer atentado contra Don Vito Corleone, o esa donde cuando se le pregunta a Michael Corleone si es el padrino, y entonces de inmediato se observa la cámara entrando y presentando cómo un subalterno le besa el anillo…

No trató Puzo de aristocratizar a los mafiosos. Lo que sí aristocratiza es la zona oscura del ser humano. Bien y mal se dan la mano. A fin de cuentas sin el concurso de los políticos, creo, como dijo un confeso y convicto mafioso, “esto de la mafia no sería más que un juego de niños”. Bien que nos ilustró Puzo en ese sentido…

El autor es escritor.