MARIO READ VITTINI



Dibujo

 Radiografía de Trujillo

Mario Read Vittini, el afecto entrañable que ganó mi admiración y profundo aprecio en los últimos veinte años anterior a su éxodo definitivo hacia las regiones ignotas al desmaterializarse físico que, imposible químico, consigue una radiografía de la psiquis de Rafael Leónidas Trujillo que no había expuesto con detalles tan nimios nadie nunca antes, en su póstuma obra “Trujillo de cerca”.

Admiré y profesé gran afecto a Mario por su sinceridad, por ser siempre como era, por proceder conforme a los dictados de lo hondo de su conciencia procurando el eco de lo que siempre entendió mejor para su Patria, por su acrisolada honestidad en lo monetario y en lo profesional como jurista brillante.

Porque siempre vivió reflejando la sencillez y el rechazo al boato, practicando con el ejemplo la sobriedad referencial de concluir el periplo de su existencia sin poseer un techo y con el mobiliario de cuando contrajo nupcias en el exilio de Nueva York, en 1960, con su amable y bella esposa Carmen Escobal. A Mario no le sedujo el dinero sino la consecuencia consigo mismo.

Mario Read Vittini es el único relator de las intimidades del tirano que conculcó las libertades de los dominicanos por 31 años que compartió con él una cercanía excepcional, por varias vertientes, la primera, de la vinculación afectiva de su padre con Trujillo en la entonces aldea de San Cristóbal; la segunda por su oriundez en la Ciudad Benemérita, no porque conforme algunos creen es porque es el lar del tirano, sino porque allí se firmó el 6 de noviembre de 1844 la primera Carta Magna con el cálculo perverso de Pedro Santana de en una villa casi despoblada, secuestrar el acta de nacimiento de la República adosándole el terrible artículo 210, sinónimo de horca y cuchillo.

Una tercera vertiente del atractivo del Jefe hacia Mario fue percatarse de su indiscutible y precoz talento, su universo para irradiar simpatías y atraerle adeptos al gobernante de mano de hierro e instintos lombrosianos, y ahí cuajó la química entre el talentoso joven y el gobernante lúgubre que escondía su iracundia con los famosos espejuelos negros.

Invitado invariable por “El Benefactor de la Patria y Padre de la Patria Nueva” a sus tertulias en la Casa de Caobas, una grotesca estructura construida con la preciosa madera única en su especie que el monarca Felipe II hizo traer a España y que soportan las vigas del Monasterio de El Escorial, Mario estudió in situ el universo conductual del “hombre fuerte” que dominaba el escenario político dominicano y más allá de sus fronteras, el Caribe, en Venezuela, Costa Rica, Guatemala, México, Cuba, Puerto Rico y USA, escenario de la Legión del Caribe, los opositores más embragados que enfrentaron su dominio en dos ocasiones, Luperón 1949 y Constanza, Estero Hondo y Maimón en 1959, consiguiendo abortar el intento expedicionario de Cayo Confites de 1947, que le vendió el presidente Ramón Grau San Martín, convencido por el jefe de su Ejército, general Genovevo Pérez Dámera, donde venían el bisoño Fidel Castro como combatiente, y el escritor Ernest Heminghway como periodista.

Demostrando en la cornucopia de su talento admirable, Mario Read Vitttini escudriñó profundo los pasillos psicológicos tétricos, bipolares y complicados del Primer Maestro, decodificando sus meandros peligrosos, símil de un experto nadador en el vado de un afluente desbordado, o los análisis psiquiátricos del sub consciente, el verdadero consciente, de Sigmund Freud, Alfred Adler o Carl Jung.

Descifró el peligro mortal en la mirada gélida de El Jefe, la estudiada maestría de su teatralidad y gestualidad para sugestionar, impresionar, dominar, con sus sempiternos planchados y brillantes uniformes, con los filos que “cortaban” de sus pantalones, la polución medallista en su pecho izquierdo, el bicornio emplumado, las cinco estrellas de generalísimo en su charretera, como las de sus homónimos Francisco Franco Bahamonde y Chiang Kai-sheik, la única etapa histórica en que el mundo contempló tres generalísimos a la vez.

Conociendo como conoció e interpretó a El Jefe como ninguno de sus cortesanos, ni siquiera Joaquín Balaguer, que es demasiado afirmar, cuando Mario Read Vittini optó por desertar del vómito que le causaban los crímenes de su hasta entonces básiga que le tenía como un golden boy, y se asiló junto a un grupo de corajudos en la embajada de Brasil, sabía que de fracasar la odisea no solo la muerte sería el final, sino el interregno de las torturas, y a priori, Mario asignó a Juan Miguel Román o a Nabú Henríquez, el primero un atleta fornido, el segundo un fortachón, y al corpulento Juan Bautista Ramos (Mameyón), que le ahorcaran con su correa.

Era la reedición de la raya que Francisco Pizarro trazó en la isla del Gallo antes de la homérica odisea de conquistar el imperio inca de Atahualpa, para opción de los pendejos quedarse, o los intrépidos seguirle.
Sobre todo, cuando en la sede carioca Mario se enteró de que El Jefe expresó que si había alguno de su pueblo natal, que ni se lo dijeran…

Mario y sus temerarios asilados se vieron precisados a salir por acuerdo entre Trujillo y el embajador brasileño Jaime do Barros Gomes, acudir a la Cancillería a procurar sus documentos de viaje, y en lo alto de una escalera, Mario reconoció a la figura de Trujillo observándolos, y entonces el torrente sanguíneo se le congeló, como en las crueles nevadas del Expreso Siberiano.

Así se congelaron mis emociones al leer ese capítulo, conociendo porque lo viví, el momento histórico más aciago, estresante, peligroso, luengo y terrible de la historia dominicana de 31 años de tiranía despiadada, sangrienta y rapaz, que más del 80% de mis paisanos de hoy no vivieron y desconocen.

“Trujillo de cara” es una monumental obra sin desperdicio para conocer la psiquis del tirano, sus insondables y letales vericuetos, rica en contenido para psiquiatras, historiadores, politólogos, sociólogos, políticos, psicólogos y periodistas.