Novelista ingenuo y sentimental



El escritor turco Orhan Pamuk, al analizar un famoso ensayo de Schiller, define muy bien qué es ser un novelista ingenuo y sentimental. Apunta Pamuk que el escritor sentimental es emotivo y reflexivo. Cuestiona todo aquello que percibe, incluso los sentimientos propios, patologías y aberraciones. Este se aleja un poco de toda especulación filosófica y racional para llegar luego a lo subjetivo y sentimental o quizás lo agobia el prurito de querer entrar «en los abismos de la condición humana sin calcular los riesgos».

¿Qué hay en la novela El Animal Moribundo, de Philip Roth, relacionado con
las reflexiones de Schiller y que bien analiza Pamuk? ¿Cuáles son sus condiciones de novelista para que pueda ser entendido como ingenuo y sentimental? Descendiente de inmigrantes judíos, Philip Roth nació en Newark, EE. UU, en el año 1933. Es heredero de una tradición de maestros de la novela en Norteamérica: Willian Faulkner, John Dos Passos y Saul Bellow. Junto a Thomas Pynchon, Don De Lillo y Comac Macarthy se convirtió, según Harold Bloom, en uno de los cuatro escritores norteamericanos vivos más importantes.

Fue también profesor universitario y mundialmente conocido por su famosísima novela Pastoral Americana (1997) con la que obtuvo el premio Pulitzer. Por mucho tiempo integró el Departamento de Literatura de la Academia Estadounidense de Artes y Letras. Recibió en vida varios premios, entre ellos el PEN/Faulkner Award y el PEN/Nabokov Award. A esta formidable lista se suman otros como el ManBooker International en el 2011 y el Príncipe de Asturias de las Letras en el 2012.
Es probable que la literatura de Roth sea representativa de uno de los momentos más importantes de la narrativa norteamericana del siglo XX.

No en vano escribió más de treinta textos, entre novelas ensayos y cuentos. Tenía muy pendiente en sus hombros esa alocada carrera que todos llevamos contra el tiempo. A la alegría que significó para él la vida se opuso también el drama de la muerte.

Por ejemplo, en la página 68 de Pastoral Americana (Editorial de Bolsillo, 2002) escribe: «hablemos más de la muerte y el deseo, que comprensiblemente en los viejos es un deseo desesperado, de atajar la muerte, resistirse a ella, recurrir a los medios que sean necesarios para ver la muerte con cualquier cosa menos con claridad». También en esta novela critica su propia condición de escritor judío y destaca la pujanza de esta comunidad en el desarrollo industrial y comercial de los EE. UU.

Otra veta de su literatura trata sobre el nacionalismo, la política intervencionista y la identidad norteamericana. Hizo suya la famosa frase de René Char: «No tenemos más que un recurso frente a la muerte: hacer arte antes de que llegue». Quizás por esa apresurada huida contra el tiempo pudo hacer una significativa carrera literaria que le valió varias nominaciones al Nóbel.

En una entrevista concedida al New York Times en el año 2012, anunció
su retiro de la literatura: «ya no tengo nada más qué escribir».

Argumentó que ya no tenía energías para gestionar la frustración que acompaña el acto de la escritura. Ese anuncio que estremeció al mundo editorial, y que al mismo tiempo fue objeto de su muerte literaria, más tarde devino en la muerte física. Para Roth, dejar de escribir representaba, en definitiva, una condición angustiante de la propia existencia.

La mayoría de su vida vivió prácticamente solo. Una soledad que representaba en él la condición necesaria para vivir. Siempre encaró el matrimonio como una frustración. Su relación con Margaret Martinson, a mediados de los años cincuenta, fue escandalosa. Como relata Luis Alemany, en un artículo para el periódico el Mundo, titulado «Philip Roth y Jackie Kennedy, un affaire al descubierto», esa joven, que ya tenía dos hijos, «le enseñó a Roth una prueba de orina que anunciaba que estaba embarazada.

Roth se lo pensó y le propuso matrimonio con una condición: que abortara. Margaret estuvo de acuerdo. Roth le dio dinero para la intervención y ella fue sola a la clínica. Bueno, asunto resuelto. Hasta que, al cabo de los meses, Margaret, bebida, reconoció a Roth que nunca había estado embarazada, que la orina de la prueba se la había comprado a una indigente que estaba encinta y que el día del falso aborto se había ido al cine a ver… ¡Quiero vivir!, de Robert Wise».

Roth mantuvo una relación turbulenta con las mujeres. En sus novelas, suelen aparecer como personajes degradados a la más mínima expresión: son arpías, locas y mentirosas. Este detalle llevó a que la prensa lo calificara como un gran exponente del «machismo literario». No en vano la comunidad feminista lo acusó de «recalcitrante misógino».

En El Animal Moribundo (2001), una de sus novelas más comentadas por la crítica, Roth descarga la pasión que en él es recurrente: poner en el ruedo la sexualidad masculina, al estilo de un misógino al que le inquietaba el mundo de las mujeres. De esta manera se acerca un poco a esa condición de escritor que analiza Schiller y que bien comenta Pamuk.