Opinión

Ocaso de las librerías

Ocaso de las librerías

Mucho antes de que Mora Serrano creara el turismo literario —que más bien fue una especie de gastronomía literaria—, ya existía un tour citadino que se dedicaba a las librerías. En el contorno de veinte cuadras, o bloques (desde las calles Restauración a la Padre Billini, de sur a norte, y desde la Palo Hincado a la Isabel la Católica, de este a oeste), Santo Domingo tenía dos librerías por cada restaurante, incluyendo las fondas.

Hoy, ese mismo perímetro citadino tiene alrededor de veinte restaurantes por cada librería. Es decir, el abultamiento gastronómico ha adquirido unas dimensiones geométricas respecto al achicamiento de las librerías, a excepción de una maravillosa multiplicación de los “bouquinistes” en la calle El Conde y sus periferias. Tal vez este fenómeno sería preciso concatenarlo al explosivo crecimiento de la televisión, los videoclubes y la Internet, que han venido a llenar los espacios de soledad de las generaciones hijas de consortes trabajadores.

Mi día bibliográfico era el sábado y para efectuar mis compras no requería ni de tarjeta de crédito ni chequera, porque Rodolfo Coiscou Webber, Amengual, Bisonó, Western, de la Rosa, Don Julio Postigo y los hermanos Escofet, me fiaban sin la necesidad de firmar documentos, ya que bastaba una simple nota con el registro de los títulos adquiridos, para completar el crédito. Luego, cuando Blasco y Villaverde se insertaron en el mundo bibliográfico de Santo Domingo, los tours literarios se amplificaron hacia la búsqueda de materias que, como el cine, la religión y la lingüística, nos abrían insospechados horizontes de lecturas.

Hace poco hice un ejercicio de masoquismo literario, hasta cierto punto de depravación intelectual, y me retrotraje a ese maldito interregno que siguió a la Revolución de Abril, en donde la joven intelectualidad del país asistía a un espectáculo de luto y dolor, dimensionado por el manipulado triunfo electoral de Balaguer. En ese ejercicio me pregunté si acaso aquel era el momento justo para comenzar una travesía hacia el afianzamiento e interpretación de nuestro ser, hacia esa conciencia a la que hemos temido y nos enfrentamos desde Núñez Ramírez.

No sé si aún se siente, pero tras la dilución de la efervescencia de abril, escribí “Viaje de regreso”, una pequeña pieza que explora la derrota desde la zona más frustrante: la de la depresión suicida. En aquella pequeña pieza acudí a un coloquio que abordaba el círculo agónico que rodea y acogota lo ontológico, enfrentando la derrota a la esperanza en un diálogo de sordos. Ese ejercicio, ese regodeo con el dolor —que ha sido recurrente y fustigador durante años— siempre me ha llevado a la misma pregunta: ¿y si Balaguer no hubiese vuelto?

El Nacional