Orto-escritura

PÁGINA 31 PERALTA


Respuestas que dificultan la conversación.-
La conversación, sin importar la simpleza, la cotidianidad y hasta la banalidad de que pueda adolecer, será siempre la vía más idónea para el entendimiento entre las personas. Las actitudes asumidas mientras se habla con otra persona, es elemento clave para agradar o desagradar.

El principio fundamental para definir un buen conversador es la disposición para escuchar. A eso se agregan las respuestas que se ofrezcan a lo dicho por el interlocutor. Hay respuestas desagradables que a personas sensibles les pueden restar ánimos para dialogar. Observe estos ejemplos.

Una persona pregunta algo, por ejemplo: ¿Ese chico es tu hijo? Un malhablado responde: “¿Tú qué crees?”. Es como para no seguir hablando.

Peor es la situación cuando alguien cuenta un trance por el que ha pasado o está pasando. El amigo, en muestra de extrañeza responde “Cómo va a ser…” y el otro, ignorando la intención solidaria de esa respuesta, le suelta un “siendo” o el ilógico “como van siete”.

La respuesta inoportuna se presenta también en ocasiones en las que una persona se identifica, sobre todo ante un grupo, y al decir su nombre usa el verbo en primera persona: Me llamo Rafael. “¿Te llamas a ti mismo?”, se responde a veces colectivamente. Es una respuesta grosera con capacidad de estropear una conversación que aún no se inicia. Algunos exigen que quien se presenta diga: “Me llaman…”

Una persona podría identificarse diciendo: “Mi nombre es Cándido Martínez…”, pero nadie pude impedirle declarar “Me llamo…”. De igual modo cuando nos encontramos con alguien que nos parece conocido una forma de acercamiento es preguntar: “¿Tú te llamas…?”.

El verbo llamar es en unos casos transitivo (Llama a tu hijo…) y en otros es pronominal (reflexivo) y lo emplea la persona que quiere indicar que tiene el nombre que ha expresado: Me llamo Pedro Pérez alias el Chino.
De Jesucristo, que gustaba poner nombres a los suyos, se cuenta esto: “Entonces lo trajo a Jesús. Jesús mirándolo, dijo: Tú eres Simón, hijo de Juan; te llamarás Cefas (que quiere decir: Pedro). (Juan 1:42).

En cuanto al diálogo, es vieja la acción y es bien antigua la palabra. A la cultura hispánica ha llegado de los griegos. Se define como plática entre dos o más personas, que alternativamente manifiestan sus ideas o afectos.

Cuando el diálogo se realiza por medio del teléfono, el hablante desaprensivo aprovecha la oportunidad para fuñir al otro y expresa, por ejemplo, “mira, Fulanito…” Ahí sale el mal conversador con esta respuesta: “Será que te oiga, pues mirarte no puedo”.

Quien dice “mira” en conversación telefónica, no está precisamente pidiendo que lo perciban con los ojos, más bien quiere que atiendan sus palabras, que se tome en cuenta lo que piensa decir.

Alguien que pretende ser gracioso, está frente a otra persona con la que podría iniciar una conversación y este último le pide “cuéntame algo, Chicho”. El gracioso responde: “Uno, dos, tres…cuatro”. No se ha percatado de que su interlocutor se ha ofrecido para escucharlo y por tanto no ha sabido valorar esa buena disposición tan infrecuente.

Posiblemente, ese individuo quepa en el grupo de aquellos que al ser recibidos en casa de alguien, ante la pregunta de si aceptan una copa de vino, responden con esta pregunta: “¿Vino o lo trajeron?”. El anfitrión sonríe para disimular.

Todo tiene su colmo. Los hábitos desagradables al hablar, también. Pero hay algo con lo que el sujeto rebasa la condición de mal conversador. Ocurre cuando alguna persona recibe una atención, de la índole que fuere, y le expresa a quien le ha hecho el bien: “De todos modos, gracias”.