Si de Haití saliera petróleo…



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Los recientes hechos ocurridos en la zona fronteriza dominico-haitiana, han inundado las páginas de nuestros diarios esta primera quincena del año. Como arrebato del inconsciente inhibido, varias autoridades postularon como amenaza a la soberanía nacional la vigilia de los haitianos en el puente internacional. Más tarde encontraron el culpable del impasse: el padre Regino Martínez. ¿Que por qué regularizarlos? ¿Qué si Regino “Es” quién?… ¿Que qué busca ahí?…

Los decenios de tránsito a ley incierta, de desarrollo de mercados bilaterales en los alrededores fronterizos y los abusos del “peaje” que regulan esta migración, solo mortifican a la luz pública cuando se irrumpe lo impensable. Que los desplazamientos se realicen bajo el “macuteo” de los allí presentes y (directivos ausentes), no hay problemas. Que las directivas impositivas para el “carnet” reediten una situación de “eso es lo que hay”, reprimiendo considerablemente los salarios y manteniendo al inmigrante en un limbo jurídico, tampoco. Ahora, que se pronuncien en reclamo de sus derechos, ¡ESO SÍ QUE NO!

Ahí esta el origen del alboroto y de la recriminación de sus santidades eclesial y migratoria. ¿Para qué insistir en las ambivalencias de la supuesta neutralidad del primero o el interés nacional del segundo? Lo importante de recalcar, es lo que aquí se ha realmente delinquido. No se trata de una tal amenaza nacional o una violación jurídica, sino de un hecho político. Me explico. El repique institucional viene de la osadía de estos trabajadores en reclamar sus derechos de regresar a las tierras que trabajan, donde han construido casa y lazos familiares, para algunos desde hace un decenio. Y esto, con el apoyo de un cura que dio su cara junto a los campesinos de Sanché en los años 1980 y, federado en la “Asociación solidaria de obreros migrantes de la Línea Noroeste”, organiza a estos trabajadores, canaliza sus reivindicaciones y tantos servicios que la burocracia frena, como arma de control y disuasión.

Es en este acto transgresivo de justicia a un sistema de “amagar y no dar”, que reside la inquietud y hace relinchar las autoridades públicas. Si las exigencias son tildadas de ilegítimas, es por la visión meramente económica, provisional y apolítica que el Estado dominicano inscribe al inmigrante haitiano. De su parte, la complicidad política del Estado haitiano se hace presente tanto al desentenderse de sus emigrantes, como por estar al origen de su expatriación. “Ausencia quiere decir olvido…” rezaba Barbarito, el cantante de Juanito Vargas.

Así, como en el “Proceso” de Kafka, la sociedad funciona como un inmenso tribunal que distribuye la dignidad y deshonores en función del valor social de un individuo. El “peso” del inmigrante económico, cuyo color de la piel ha sido históricamente estigmatizado, es de por sí depreciado, y más aún si desafía a los Estados con su reconocimiento.

Ahí esta toda la significación política de la inmigración haitiana. En esa identidad truncada que rige su trayecto hasta ciertos límites. ¿No será este modo y razón de actuar que mutila los derechos cívicos al interior de nuestra Nación y, que por el renacer que se gesta hoy día… atemoriza progresivamente a nuestros gobernantes? Piénsalo.

Mientras tanto, ante los ojos del Masacre insurrecto, el padre Regino nos escribe otra página de historia.