Siempre con la verdad



RAMON RODRIGUEZ

Se ha ido un grande

He recibido por varias vías el mensaje de que no suelte el tema de las asociaciones de fútbol, las cuales insisten en que la comisión que preside el señor Manuel Luna les ha cercenado sus derechos, incluso, a

Azua, Ocoa y Espaillat, lugares clave para los próximos 

Juegos Nacionales.

Pero el deber me obliga a hacer un alto en el camino para honrar la memoria de un grande que se ha despedido como todo un guerrero, dejándonos un legado de amor familiar, deportivo, cultural y humano: Claro que me refiero a Nelly Manuel Doñé.

He llegado a la conclusión de que el pensamiento de José Martí encaja perfectamente en nuestro inolvidable Doñé, cuando el apóstol cubano afirma: que el autógrafo digno de un hombre es el que deja con sus obras.

Los jóvenes de la presente y futura generación podrán abrevar de todos sus aportes, teniendo al club y la fundación Mauricio Báez, como modelo de instituciones donde él puso su sello distintivo de buen organizador y serenidad de juicio para que su legado fuera imperecedero.

Al profesor Nelly Manuel Doñé lo hemos llorado por partida doble: por su ausencia,
la cual provoca una pérdida irreparable, en momentos en que la sociedad dominicana demanda con urgencia de figuras ilustres de su estirpe y por el gran desconsuelo que su ida causa en sus hijos, familiares, entrañables amigos y especialmente en su compadre, hermano, amigo y compañero de triunfos y fracasos y aliados en momentos angustiosos en que el Mauricio Báez navegaba por aguas procelosas, recibiendo las embestidas de las fuerzas oscuras en los 12 años de Balaguer.

Indudablemente que me refiero a Leo Corporán, álter ego durante toda una vida del distinguido hijo de Villa Juana, que se ha marchado con el deber cumplido.
Nelly Manuel Doñé era como aquellos viejos venerables a quienes todos temíamos, pero detrás de aquel rostro adusto parecido al de Walt Whitman y León Tolstoi, había un alma amorosa, equilibrada y hasta con buen sentido del humor.

El apoyo de solidaridad que recibieron sus deudos y la familia mauriciana, es una muestra inequívoca de que una parte de esta sociedad “colapsante” todavía valora a sus grandes hombres.

En cuanto al viejo Leo Corporán, me “alegró” verlo llorar y desahogar tanto dolor acumulado en tan poco tiempo: Primero, Doña Nelly Pozo, un ícono mauriciano y ahora su eterno compañero de lucha.

Al igual que Príamo, aquel rey troyano, sinónimo del sufrimiento, al tener que ver como Aquiles arrastraba el cadáver de su hijo Héctor ante sus ojos, a Leo le tocó con amargura inenarrable, llevar orgullosamente el cuerpo de su hermano a todas partes, hasta conducirlo al lugar de descanso, envuelto en un legado que perdurará hasta que haya patria.