Temporada sinfónica 2019



Dos obras del genial músico checo Antonín Dvorák tendrá el rol protagónico del concierto inaugural de la Temporada 2019 de la Orquesta Sinfónica Nacional.
En la Sala Carlos Piantini del Teatro Nacional, y bajo la diestra conducción del maestro José Antonio Molina, serán interpretadas de este autor el Concierto para Chelo y Orquesta en Si menor, y la Sinfonía número 7 en Re menor.

El violoncelista israelí-estadounidense actuará como solista, usando un instrumento Matteo Goffriler, que perteneció al virtuoso español Pablo Casals.

El concierto fue uno de los pocos para este instrumento de la era romántica, debido a que su sonido suave podía ser fácilmente superado por un conjunto orquestal completo.

Los expertos de las diversas vertientes de la música sinfónica manifiestan que el violonchelo carece de la penetrante gama alta del violín, y de la fuerza sonora del piano.

Durante el periodo clásico los compositores no tuvieron ese problema con el instrumento en cuanto al equilibrio sonoro, por el carácter reducido de las orquestas.

Siendo muy joven, y ocupando la dirección del Conservatorio de Praga, Dvorák se enamoró de una alumna de nombre Josefina Cermák, la cual no correspondió a su cortejo.

A ella dedicó algunas canciones que unió bajo el título de Cipreses, que no lograron romper la indiferencia de la amada.

Dvorák tuvo mejor suerte con una hermana de Josefina, con quien contrajo matrimonio, y en el año 1892 fue nombrado director del Conservatorio Nacional de Nueva York por un periodo de 3 años, con un salario generoso, y disfrute anual de vacaciones.

Hombre visceralmente apegado a su patria, tras una tercera temporada en el cargo, renunció porque no pudo aceptar la idea de vivir lejos del lar nativo.

Sus primeras obras escritas en Estados Unidos están llenas de pasajes alusivos a la música folklórica norteamericana. La más conocida de ellas es la Sinfonía del Nuevo Mundo.

En el Concierto para Chelo está claramente explícita la nostalgia por su tierra natal, que nunca le abandonó.

Aunque durante algún tiempo consideró que el chelo no era adecuado para la principalía del intérprete solista, cambió de opinión al escuchar el segundo concierto para el instrumento, ejecutado por su autor, Víctor Herbert.

En la creación de la pieza también influyó que el afamado chelista Checo, Hanus Wiham, era su íntimo amigo, y para él la compuso.
En el primer movimiento del concierto, y después de varios temas que presenta la orquesta, el violoncelo hace su entrada con una extensa sucesión sonora de su timbre.
Al unirse las dos fuerzas musicales, el instrumento suena en su registro alto, y se escucha por encima de la orquesta.
Escribía el segundo movimiento cuando se entera de que su cuñada Josefina estaba gravemente enferma, y profundamente conturbado utilizó una canción de los Cipreses en su estructura temática.
El tercer movimiento tiene más carácter danzante que los anteriores, aunque también está presente la vena lírica.
En la parte final se lentifica la música, pero luego vuelve a su original tiempo rápido cuando el violoncelo abandona su presencia dominante.
La séptima sinfonía se estrenó dirigida por Dvorák con la Orquesta Filarmónica de Londres el día 22 de abril de 1885, y el compositor la sometió a revisión el mes siguiente.
La obra le fue encargada por la Sociedad Filarmónica de la ciudad, que lo había nombrado miembro honorario.
La crítica universal ha mostrado casi consenso al destacar a esta sinfonía como la más lograda de Dvorák.

Un hecho determinante para su calidad y aceptación fue la impresión favorable que produjo en su autor escuchar la tercera sinfonía de Brahms.

Esto originó que Dvorák se propusiera escribir una composición que alcanzara universal popularidad, lo que logró plenamente.

El contenido del primer movimiento es variado, y simboliza las facetas folklóricas del pueblo checo.
El segundo abunda en contrapunto y disonancias, lo que no impide que contenga sofisticada emoción en sus temas.

El tercer movimiento es una evidente demostración del carácter nacionalista de la música del genio checo.

Un bello contraste entre despreocupación y tragedia es lo que escuchamos en el movimiento final de esta sinfonía, profundamente sentida, y exquisitamente trabajada.