¿Quién responderá?
Alguien deberá responder por la ausencia de justicia, por las violaciones y asesinatos de adolescentes, por el abandono a los ancianos, por la falta de medicamentos, por el huerto abandonado, por los sobornos confesados, por el silencio de las madres, por las mentiras esgrimidas, por la coerciones disfrazadas, por la altanería de los políticos, por la prevaricación incontrolada, por la inmigración desbordada, por las calles incontroladas, por las muertes sin aviso, por la llegada silenciosa de los que ven la ciudad vistiendo un disfraz.
Alguien —que podría ser yo o tú o él— deberá doblar su protesta desde el púlpito del dolor y responder por el polvo que cubre las chozas, por el abandono de los ríos y las veredas de flores.
Alguien debería explicarlo y acometer —desde el centro de una pasión de Patria—, gritando para ser escuchado con ardor y convencer de que la decisión de un cambio veraz, sin tapujos, sin evasivas, sin enmascaramientos, será la correcta; de que este país ya no es aldea ni metáfora, ni soplo leve sobre la tierra, ni amago, ni mariposa nocturna, ni asadero de infortunios; ni siquiera un resplandor moribundo; que este país dejó la sombra para buscar la luz, los cantos redentores; de que este país ya no es un cuento sino redención; que ya no es sólo cruz, sino resurrección y esperanza.
Pero no será suficiente con desear que lo mejor ocurra: alguien deberá responder por qué y hasta cuándo permanecerá el huerto con la azada inerte, con la huella furtiva de la sandalia, con la yerba acogotando el tallo, con los ríos secándose al sol. Alguien deberá señalar el porqué de los niños sin sonrisa, el porqué de los espejismos trazados, de los créditos negados y la mansedumbre doblegada.
Alguien, sin evasivas, deberá responder a las preguntas vitales de la aurora: ¿en nombre de quién se erigieron ustedes dueños del cuchillo y la espada, del trigo y la esperanza? ¿Quién les envió en la encrucijada de la noche a cambiar sus harapos por vestidos de oro? ¿Qué dios les autorizó a guiar nuestros pasos hacia la hecatombe? ¿Hasta cuándo pretenden ustedes convertirse en falsos salvadores?
Pero, ¿será suficiente entonces? Debería ser fácil, llevadero, aplicable a cualquier teoría civilizada, pero no es así: este país ya no es un pueblo que se cierra, que se enclaustra en medio de la arena creciente y se hunde sin los brillos de la estrella, quebrándose como frágil caña y amilanándose para esfumarse como leve brisa.
¡Este país es algo más que un grito, más que una simple marcha, más que una unión pasajera de buenas intenciones! ¡Este país es algo más que una alerta aconsejable! ¿No pueden verlo acaso los lectores de los signos y los festivos ritmos? ¿No lo escucha el intérprete de los dioses? ¡Que alguien lo responda y se vista de Duarte, de Mella, de Sánchez, de Luperón, de Caamaño, y esgrima la espada libertadora, levantando la bandera y los gritos!

