Editorial

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Insularidad.-

Discurso y praxis de la clase política dominicana manifiestan un alto nivel de insularidad, con muy débil conexión con lo que acontece en el ámbito internacional, como si fuera posible que el país pudiera emprender con éxito una agenda propia inmune a los impactos del mundo de hoy.

República Dominicana se asemeja a una embarcación guiada principalmente por la suerte de los vientos, con una tripulación que no tiene consenso sobre el rumbo a seguir, ni de qué hacer ante previsibles tormentas.

El liderazgo político derrocha tiempo y esfuerzo en discusiones baladíes, como si por temor o interés quisiera postergar el debate sobre los temas básicos de la agenda de urgencias nacionales, todos los cuales están signados a su vez por lo que ocurre o deja de ocurrir allende los mares.

Aquí no se reflexiona sobre los posibles impactos que sobre la economía dominicana tendrían la victoria electoral de Donald Trump, la separación del Reino Unido de la Unión Europea o las gestiones que encaminan países petroleros para reducir la producción del crudo y presionar al alza de precio.

Gobierno, clase política ni empresariado expresan interés en arribar a acuerdos sobre temas tan vitales para la nación como los pactos eléctrico y de fiscalidad, ni sobre conciliar políticas públicas para aliviar los efectos que tendría la pronta aplicación total del Acuerdo de Libre Comercio con Estados Unidos y Centroamérica.

Estados Unidos y Europa cambiarán significativamente de rumbo en el futuro inmediato, lo que tendría también un impacto mayor sobre las economías de países emergentes y en vías de desarrollo, un angustioso cuadro que parece no interesarle a la doméstica clase dirigente.

Aunque en litorales del Gobierno, oposición y sector productivo prevalezca una mentalidad insular, preciso es advertir que lo que ocurre en Asia, Europa, África, América y Estados Unidos, repercute en la economía dominicana, sustentada en turismo, remesas, inversión extranjera y exportaciones.

Es tiempo de que Gobierno y clase dirigente eleven el debate, concilien una agenda nacional a largo plazo y entiendan el peligro de promover imprevisión e improvisación, que se comparan con los esfuerzos del can por atrapar su propia cola.

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