La muerte de Franc Báez Evertsz

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Como ya se está haciendo una oscura costumbre me enteré, hará ya unas semanas, de la muerte del sociólogo y escritor Frank Báez Evertsz al abrir un periódico digital. De inmediato mi memoria, en una habitual búsqueda de salvavidas psicológica, quiso rastrear la última vez que lo vi con vida.

 
La verdad es que hacía mucho tiempo, y fue en la casa de su entrañable amigo, el también sociólogo Jesús Díaz. Pero, paradójica y misteriosamente hacía tan solo un par de semanas que le había preguntado por él a Jesús durante una misa-novenario dedicada a su hermana, y éste me informó de que Evertz estaba en los afanes de trasladar parte de su biblioteca para un lugar que había alquilado o comprado en el interior del país.

 
Sin embargo, evoqué con fuerza el momento en que lo conocí en aquel apartamento de Díaz y de su esposa, mi prima hermana Marina Tejera. La impresión que tuve fue que la fachada de bondad que destilaba se correspondía con el interior de aquel hombre de hablar sereno y mirada sosegada.

 
En varias ocasiones conversamos sobre temas políticos, culturales, y me había preguntado sobre mi experiencia como inmigrante en la ciudad de Nueva York. Se rió cuando le dije, horrible.

 
Una situación muy particular sin embargo hizo que siempre lo recordara y estableciera una conexión especial con su persona. Baéz Evertsz me habló que tenía un hijo que quería ser poeta, o que estaba en esos celestes afanes, lo cual le preocupaba mucho pues la fiebre de éste por convertirse en aeda era muy grande.
Tales eran los aprestos del muchacho –me confesó el amigo- que temía que abandonara la universidad para dedicarse exclusivamente la literatura. Me expresó que deseaba que su hijo Frank Báez junior terminara una carrera profesional para que pudiera defenderse en la vida. Era una preocupación sabia. Una que han tenido muchos padres respecto a los hijos que quieren ser artistas. En pocas palabras, me señaló que quería que él tuviera algún conocimiento de qué vivir.

 
Con la poesía a solas se anda en la vida con el pecho abierto. Está claro que con la palabra se ganan estadios espirituales, pero el pan de cada día se gana con un oficio. Hasta ahí todo claro.

 
Lo siguiente fue pedirme que hablara con él, que lo sondeara, que le diera algunas orientaciones. Me sentí halagado por el pedido y que me tomara en cuenta. ¿Qué cualidades podía yo tener para estar de consejero?

 
Me amparaba un poco más de tiempo en las lides literarias que aquel muchacho. Así fue que un día aterricé en el apartamento para conocer al poeta Frank Báez, la prole.
Nos sentamos en un balcón (no preciso si era de noche o de día, sí que había una brisa fresca) y aquel muchacho de ojos grandes, que del padre había heredado para hablar ciertas pausas y comedimiento, y yo, empezamos hablar de poesía.

 
De inmediato me percaté que era un joven culto, y que quería lo que sabía en la vida. Me habló de sus lecturas, de sus preferencias literarias. (Hacia el coloso del Norte tendían). Me di cuenta de que estaba bien vacunado: sería poeta toda la vida, y no tenía cura. Pero también noté que era una persona centrada, que si seguía ahondando en él, el terminaría aconsejándome sería él.

 
No obstante hice lo que me encomendó el padre, y le recalqué la importancia de terminar una carrera.

 
El paso del tiempo me hizo saber que no estaba equivocado. Frank se graduó y se ha hecho un respetado escritor.

 

 
Ahora al evocar tal situación me doy cuenta de que Báez Evertsz era poseedor de una integridad que en el mundo escasea. Emanaba una honestidad que uno en el día a día extraña. Con mi prima Marina he comentado par de episodios y hechos que retratan el perfil de este hombre, dedicado al estudio y a la investigación.

 
Yo no pude ir a las exequias, al velorio, a la misa del amigo, o al cementerio (soy malo en dar pésames o en tener que mirar a amigos muertos), pero al menos he podido ir al recuerdo, y ver de nuevo a Franc y a Jesús, compartiendo como hermanos y conversando al mejor estilo de quienes siempre buscan la luz y adentrarse al campo donde reinan las verdades.

 
Sirvan estos recuerdos como una especie de postal que envío a su hijo, el poeta Frank Báez, que debe sentirse orgulloso por la estirpe espiritual e intelectual que orló a su padre.

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