Lo mejor de aquel destructivo huracán que azotó a La Habana aquel 18 de octubre de 1944 fue que el Colegio de Belén acertadamente nos mandó a casa a sus alumnos a media mañana.
El padre Gutiérrez Lanza, director del Observatorio Meteorológico del propio Colegio, había pronosticado acertadamente el arribo temprano del huracán anticipándose al pronóstico tardío del Observatorio Nacional que empapó de lluvia y charcos en las calles a los alumnos de otros colegios.
Mis hermanos y yo con la casa ya a oscuras, como agitador por las lluvias y fuertes vendavales que resonaban en las ventanas correteábamos por toda la casa.
Fidel Castro, mi compañero de División, como vivía en Santiago ante la imposibilidad de viajar tuvo que quedarse en el Colegio con otros compañeros, también internos, del interior.
A mitad de la tarde alguno preguntó: ¿Y papá?; Sí, ¿Y papá? No lo vemos desde la hora de la comida. Y buscamos por todas partes y papá no aparecía.
De pronto, uno dijo: ¿Estará en la Biblioteca de la casa?. Todos corrimos en propelía a buscar a papá.
Abrimos la puerta. Ahí estaba papá alumbrándose con una lámpara de gas y trabajando en su proyecto de ley que creó el Tribunal de Cuentas y que, como representante a la Cámara o Diputados presentó en esa misma legislatura y fue aprobado de inmediato por el Congreso Nacional.
Años después con la Revolución de 1959 toda mi familia estalló de jubilo porque éramos antibatistianos tradicionales, desde 1936 en que Batista se impuso como jefe del Ejército.
Y aquel mismo año 1944 la Coalición Socialista Democráta (CSD), que lidereaba Batista, fue derrotado por el candidato del Partido Revolucionario Cubano (Auténtico) Ramón Grau San Martín que fue apoyado por partido de mi padre, el doctor Manuel Dorta Duque.
Acción republicana
Con la Revolución, aclamado por todos, surgió como líder el doctor Fidel Castro Ruz que había sido mi compañero muy cercano, porque coincidíamos en ideas sociales, en el internado del Colegio de Belén.
Esta amistad se extendió a mi familia porque Fidel fue alumno de mi padre en la Universidad de La Habana.
Mi padre había creado la cátedra de Derecho Agrario, la segunda en América Latina después de la UNAM de México.
Al estudiar Derecho, Fidel había sido compañero de mi hermana la doctora Margarita Dorta-Duque, a la vez que la hermana menor de Fidel, Emmita, había sido compañera tanto en el Colegio de las Ursulinas como después en la Universidad de La Habana al estudiar ambas Arte y Decoración. De hecho Raúl Castro a veces llegaba a mi casa paterna ya tarde para acompañar de regreso a Emmita a su casa. Emmita se casó el 20 de mayo de 1959 en La Catedral de La Habana y gentilmente invitó a mi padre como testigo de la boda.
Cuando amigos de mi padre lo instalaban a que no aceptara la invitación porque ya las dudas amenazaban la democracia cubana, mi padre les respondía: Yo no voy a apadrinar la Revolución, sino a servir de testigo de la boda de Emmita la compañera de estudios de mi hija María Elena.
Emmita, por cierto, se casó con un empresario mexicano y poco después viajaron a México donde residen para siempre.
Mis hermanos, como todos los jóvenes, pertenecían al Movimiento 26 de Julio y apoyábamos a papá, sobre todo yo, que era más amigo de Fidel.
Pasados los meses Fidel, que conocía bien la trayectoria de mi padre, lo nombró Presidente del Tribunal de Cuentas de Cuba.
Mi madre, conservadora, callaba porque ya tenía su propia definición de la Revolución.
Pero, como siempre, mis hermanos, y yo especialmente, presionábamos a papá para que aceptara el cargo de presidir la institución que él había creado con su experiencia y estudios.
Pero un día Fidel compró la famosa y extensa Arrocera Aguilera, en plena Manigua y al vapor, por un monto de cuarenta millones de pesos y con un cheque dizque del Banco Nacional o Central de Cuba.
Ante el cheque de Fidel y mis instancias a mi padre para que aceptara aquel cargo papá me respondió: Panchito, y ¿quién le lleva las cuentas a Fidel…?
A pesar del rechazo, las autoridades de Cuba y el propio Fidel mantuvieron siempre el respeto y consideraciones a mi padre, quien nunca marchó al exilio pero entraba y salía de Cuba cuentas veces quiso para visitar a sus hijos y nietos hasta el día de su muerte en La Habana.

