Opinión

PRM

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Una de las grandes paradojas de la política dominicana, lo cual no quiere decir que tal circunstancia no tenga explicación, es que segmentos poblacionales importantes se manifiestan hastiados de los partidos y políticos tradicionales, sin embargo, al momento de decidir sus adhesiones en los procesos electorales optan por depositar sus votos por uno de estos.

Eso explica que, aun la pérdida creciente de identificación con el sistema partidario prevaleciente, todavía las grandes organizaciones continúan acaparando las mayores simpatías del electorado.

No es previsible, pese a que en los acontecimientos políticos y sociales cualquier cosa puede ocurrir, que eso experimente modificación sustancial a corto y mediano plazos, lo cual implica que existen altas posibilidades de que la competencia en el 2020 vuelva a girar en torno a las ofertas mayoritarias de hace tanto tiempo. Que sea así es una gran pena, pero no lo podemos soslayar.

Esa realidad le atribuye gran connotación a los eventos que, como la reciente Convención Ordinaria, pueda celebrar el Partido Revolucionario Moderno, institución que, en función del escenario anterior, será protagonista del certamen a efectuarse dentro de dos años.

Dada la procedencia del PRM y de su dirigencia fundamental, con la historia de divisiones y soluciones desgarradoras de conflictos internos en los que fueron actores de primera línea en el antiguo PRD, una aprehensión comprensible era que esta prueba trascendente a la que se sometían, tensionada por una cantidad enorme de intereses, sería causa de desastres que confirmarían la no superación de viejos hábitos.

Por esa razón valoré como atinado el acuerdo al que arribaron los dos liderazgos esenciales del partido por entender, como al final ocurrió, que el mismo garantizaba el desarrollo con relativa armonía de la actividad. ¿Se imaginan el riesgo, si Luis Abinader e Hipólito Mejía, con la militancia que les sigue, se hubiesen enfrentados en lucha por la presidencia y secretaría general de la franquicia?

En una competencia de esa naturaleza no eran esos cargos los que habrían estado en disputa, sino la candidatura a la presidencia, toda vez que quien resultare ganador daría un paso gigante en la consecución de ese objetivo mayor.

Cierto que la organización de la convención tuvo fallas injustificables, pero el balance es más positivo que negativo. Haber confeccionado un padrón, elegir dirigentes con métodos democráticos y proyectar sensación de renovación generacional, coloca su adversario en difícil situación porque ninguno de tales logros puede exhibirlos el PLD.

El Nacional

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