Teleférico vs tren

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En algunos países desarrollados, como en Estados Unidos, por ejemplo, se ha vuelto ya algo consuetudinario que el presidente realice acciones de gran trascendencia poco antes de terminar su mandato con el objetivo de dejar su nombre escrito en la historia.

Así, Barack Obama restableció relaciones diplomáticas con Cuba en el año 2015 y se convirtió en el 2016 en el primer presidente norteamericano en visitar esa isla en casi cien años.

En Latinoamérica, en cambio, las obras de un presidente no se hacen al final, sino cuando empiezan a soplar vientos cálidos que anuncian elecciones y además, no son para perpetuar su nombre, sino para preparar su reelección presidencial.

En nuestro país, casi todo el que tiene más de 40 años recuerda el famoso eslogan “Eso lo hizo Balaguer” o “E´ pa´lante que vamo”, eslóganes de campaña que resaltaban las obras de Joaquín Balaguer y de Leonel Fernández, y que sirvieron como plataforma a la reelección a ambos políticos en sus respectivos momentos.

Hoy, que el presidente Danilo Medina nos trae su teleférico en Santo Domingo como medio de transporte, demos a su gobierno el beneficio de la buena fe y también de la duda al pensar que dicha obra va exclusivamente orientada a descongestionar el tráfico en la capital.
Aun así, ¿con qué nos quedamos? Con poca fe y con muchas dudas.

Observen que el uso de funiculares o teleféricos en otros países responde a contextos muy diferentes de los de República Dominicana. Bolivia y Colombia usan funiculares como medio de transporte porque las condiciones montañosas de sus ciudades hacen de estos un medio viable y práctico, pues son lugares donde hasta los autobuses tienen difícil acceso y hablar de trenes resulta casi imposible, y los funiculares de Montmartre en Francia y de Lisboa en Portugal son en realidad formas de transporte puramente turísticas.

Como siempre aparece alguien obsesionado con entender todo lo contrario de lo que se quiere decir, clarificamos la idea: no estamos en desacuerdo con la construcción del teleférico, sino que no es lo prioritario ni lo más beneficioso para el país en estos momentos.

El desarrollo de República Dominicana no depende de su capital, sino de las otras zonas del país porque somos una tierra agrícola y turística.

Con un nivel de educación tan miserable como el que tiene la mayoría de nuestra gente, querer hacer del país “un pequeño Nueva York” es querer construir castillos en el aire. Eso fue algo fruto de una mente soñadora y pintor de sueños, otrora expresidente del país.

La República Dominicana necesita desarrollar a San Cristóbal, San Juan y provincias aledañas. La República Dominicana necesita desarrollar Santiago, La Vega, Samaná, La Romana y áreas circundantes. La República Dominicana necesita, por tanto, trenes.

Sí, oigan bien, trenes de pasajeros que conecten el interior con Santo Domingo para que la gente no sufra los abusos constantes del aumento de pasajes en forma caprichosa por parte de los dueños de autobuses, problema que lleva ya más de medio siglo sin resolverse; trenes de carga para que los agricultores puedan llevar sus productos rápidamente de un lugar a otro a un costo más justo en vez de ver sus ganancias reducidas a casi nada por los altos costos de flete.

España es un país lleno de todo tipo de trenes: de cercanía, larga distancia, de alta velocidad (AVE) y de carga.

En Europa se puede ir de un país a otro fácilmente en tren y lo mismo en Japón, en Corea del Sur y otros países asiáticos. China y Estados Unidos son los dos países que tiene las redes de vía rápida (incluyendo autopistas y autovías) más largas del mundo. No es coincidencia, pues, que sean las primeras potencias económicas.

Mejorando las redes de transporte y de comunicación entre las ciudades, campos y la capital es como se crean las bases del desarrollo, pues se le dice adiós al aislamiento.

Desafortunadamente, nuestro país tiene una cultura centenaria de dejarse arrastrar por falsos espejismos y de gobernantes rodeados de expertos y asesores cuyo mérito es estar siempre tocando los bordes sin llegar al centro. Ojalá que más tarde que temprano, bajemos del teleférico de los sueños para subirnos al tren del desarrollo.

El autor es periodista.