VISIÓN GLOBAL

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La expulsión del expresidente Hipólito Mejía y otros integrantes del sector insurrecto del Partido Revolucionario Dominicano, ha sido una medida radical que probablemente redunde en lo más beneficioso para el futuro cercano de esa formación.

 Posiblemente a Mejía ya el PRD le significa poco, a no ser su afán de mantenerse en la palestra aun cuando él mismo está consciente de que su carrera política está marcada por un pasado que no podrá volver.

 Pero aun así seguirá echando una pelea inútil. Mejía le debe todo al PRD, al cual le ha aportado muy poco en términos concretos.

El saltó al estrellato cuando—procedente no se sabe de dónde políticamente hablando–don Antonio Guzmán lo convirtió en figura nacional al designarlo ministro de Agricultura.

 Luego el doctor José Francisco Peña Gómez-quien tenía una especial inclinación hacia la cría de cuervos-lo llevó de la mano hasta hacerlo la opción más viable cuando se produjera su desaparición.

 Es decir, que al hacer el análisis de la relación beneficio-costo en la vida perredeísta de Mejía, el resultado le es claramente favorable, ya que sus aportes se pueden cuantificar en cero, pues no ha aportado una sola gota de sudor ni de sangre para construir el PRD.

 Más bien ha ayudado a desarticularlo, a pesar de que pretende atribuirle a Miguel Vargas Maldonado una entente con Leonel Fernández para hacerle daño al PRD.

 El accionar de Mejía procura siempre un fin utilitarista de ese partido, por lo cual tratará de mantenerse ahí contra toda razón, ya que no concibe su vida política fuera de esa organización.

 El PRD sin Hipólito seguirá siendo lo que siempre, pero Mejía sin el PRD es nadie.

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