Reportajes

A 50 años de la gesta del 14 de junio

A 50 años de la gesta del 14 de junio

El Nacional
Enfrentar condiciones adversas -¿qué no lo es en un momento dado?- tiene sus méritos evidentes en el tramado evolutivo e involutivo de una realidad  política signada por  lo ominoso y lo autoritario.

Enfrentar lo desconocido, armas en mano, por una cuestión tan emblemática y digna como la libertad, excita a la juventud a la aventura y a la temeridad sin límites en lucha  por la vida y contra la muerte.

Cuando un sistema de opresión se hace intolerable crea formas heróicas de desafío y de impugnación.

Enfrentar lo monstruoso que lleva enquistado en el poder una generación maleada ya, con una formidable maquinaria de muerte y represión e ideológica, logísticamente atrincherado en una cárcel de 48 mil kilómetros cuadrados, supone algo más recio que el pequeño equipo colgante de que hablara en el exilio el luchador antitrujillista Corpito Pérez.

Ese fue el formidable compromiso de un grupo de valientes organizados en la agrupación política que la posteridad conocería como 14 de Junio.

Resultaron entrenados en Cuba,  cuyo flamante gobierno revolucionario les ofreció no sólo el territorio sino la hermandad, la colaboración solidaria, el entrenamiento para la riesgosa tarea de la emancipación y hasta la casi participación personal de su dirigente principal.

Las batallas iniciales dejaron abatidos a los guerreros de la luz pero la guerra última fue ganada por la memoria, por el porvenir y por el espíritu de impugnación de un poder usurpado a la decencia y a la plurivalencia democrática.

 El tirano cayó, finalmente, fulminado por una realidad interna e internacional que lo desbordaba y lo dejaba a orillas de la historia con sus sainetes, sus gestos circenses y supuraciones muy del siglo XVI.

Se recompusieron los límites entre los ideales a alcanzar y los que permite el momento político.

Ningún proceso humano tiene límites definitivos. Siempre habrá una causa qué defender o una abrupta sórdida muralla qué abatir.

Todo ideal, hasta que se prueba en los recios acantilados de oleajes cambiantes, es noble y tiene un precio.

Finalmente cada quien escogió el camino que le pareció conveniente en el preciso tablero que ofrecían los tiempos nuevos, con los riesgos dejados por la ausencia

de una revolución triunfante, el horror vacui que plantea como desafío la tiranía descabezada  y la necesidad de reorganizar la vida para convertirla en un proceso evolutivo y novedoso.

La conjunción de voluntades con sus diferenciaciones ideológicas evidentes -unos planteaban la revolución socialista, otros se conformarían con  sacudirse al tirano e instaurar una proceso democrático- creó aquel movimiento generacional al que se le debe el haber echado del gobierno la noche perpetua de Trujillo, que heredaba,  aprovechaba y extendía una fuerte tradición autoritaria nacional.

Y mientras, la metrópolis actuaba en las sombras para ponerle límites precisos a los cambios que comoquiera habrían de producirse a partir del 30 de mayo de 1961, cuando finalmente tuvo sus resultados kármicos  la orgía de sangre que trajo el basilisco herido, cuyo orgullo colosal lo llevó a disponer de la vida de tres mujeres jóvenes, indefensas e incapaces de desafiarlo siquiera con la palabra.

Antes se había hecho Trujillo con ciertos errores capitales como una absurda feria de la paz en la que no creía, salvo la que emanaba de sus pesadillas, un aumento desproporcionado de la criminalidad política, las torturas y la persecución que llegaron hasta el sacrificio de unos adolescentes conocidos como Los Panfleteros, cuyo número, escaso, no excedía lo simbólico y no tenía siquiera un revólver de mito para iniciar apenas nada contra el gobierno carcelario de métodos netamente policiales.

Habría que estar en la piel de aquel momento histórico para imaginar de qué se trataba.

Hasta estornudar en el lugar equivocado podía traer sospechas de enfrentamiento contra el estatus quo.

Una palabra mal interpretada, no siempre mal pronunciada, atraía la cárcel el duro interrogatorio, la desaparición física.

Una sospecha de disgusto -y había suficientes razones para estar disgustados- contenía suficientes elementos de sospecha para la vigilancia permanente, el allanamiento en la oscuridad de la noche, el terror psicológico, la visita inesperada.

La atmósfera opresiva no podría ser entendida en toda su magnitud por las generaciones posteriores.

Aquella patología del poder, cuyos temores de desplazamiento se hacían cada vez más verosímiles y serios, no podía tener otro fin que el que le tocó al tirano una memorable noche de mayo de 1961.

Nadie soporta tanto durante tanto tiempo.

Recordar a aquella joven de rostro todavía adolescente que en el centro de Santiago y con el orgullo de la edad gritó en la calle, en medio de los resabios dejados por el humo de aquella pesadilla: “soy del 14 de junio”, es decidir que  lo carcelario, lo punitivo, lo que se siente como propuesta del odio y la intolerancia, no conjuga con la palabra eternidad.

El Nacional

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