Opinión

A RAJATABLA

A RAJATABLA

El entierro de Gilbert fue muy concurrido, como el de  cualquier joven que  se  convierte en ídolo o referente porque pudo escalar peldaño económico y de principalía entre los suyos, involucrado como caporal de la industria transnacional del narcotráfico,  cuyos  principales  ejecutivos locales solo caen si  son requeridos por la justicia de Estados Unidos.

El destino de Junior Minaya Germán estaba escrito antes de nacer, porque desde  que salió del vientre de su madre fue entrenado por  una sociedad de exclusión para que desarrollara su talento innato hacia el crimen. Por eso le cerraron la escuela, vivía a orilla de una cañada inmunda y nunca supo lo que  era “corn flakes” y “yogourt”.

El primer y más apreciado juguete  que pudo  disfrutar Gilbert desde niño fue una pistola o un revolver de verdad con el que  mudaría sus primeros pasos en el mundo del crimen guiado por delincuentes que persiguen delincuentes. El ascenso fue tan vertiginoso que un día despertó muy cerca de El Muerto, quien  era  amo y señor del microtráfico  en la zona oeste del Gran Santo Domingo.

Gilbert y su gente mataron a El Muerto por un asunto de mercado y la Policía mató a Gilbert por conveniencia, porque todos saben que  los roles de ambos ya tienen designaciones, que todo seguirá igual o peor.

No me pregunten por qué Gilbert y El Muerto  fueron tan queridos, temidos o respetados, porque ustedes saben la respuesta, al no ignorar que  los niños de  esas villas de exclusión y miseria no tienen otro referente que  sus mayores que con la droga y la violencia logran adquirir yipetas y casas  con techo de cemento y tomar buen escocés o bailar bachata en una discoteca.

Los estudiantes ganadores de los concursos nacionales de Matemática, Lectura y Lengua Española, retornan a sus  barracas  como grandes ignorados. La gloria en esos barrios está reservada a gente como Gilbert.

Cuándo era profesor de una escuela primaria en el barrio Capotillo, aprendí que el castigo en sí mismo no es remedio para  rescatar a niños y jóvenes. La mejor medicina es estimular la conducta positiva.

Por eso creo que la mejor  forma de combatir  el narcotráfico y la violencia delincuencial es promoviendo en los barrios empleo, servicios  básicos como  vivienda, agua potable,  electricidad, deportes, arte, recreación y educación de calidad, que incluya el aprendizaje o entrenamiento en oficios técnicos.

No crean que con la muerte de Gilbert y de El Muerto se ha conjurado el narcotráfico ni  la violencia delincuencial, por el contrario, la fila es larga de los niños y jóvenes que aspiran a sustituir a esos dos ídolos. El mal no está en la sabana.

El Nacional

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