El concepto de unidad política o partidaria es difícil de invocar, practicar y materializar en cualquier conglomerado integrado por librepensadores, a menos que los intereses primordiales de la organización o de la mayoría de sus miembros peligren por un factor externo que requiera conjunción de voluntades para enfrentarlo.
El término más liberal para promover una asociación de voluntades es unidad en la diversidad, con lo que se procura que la unión se materialice a partir de un valor mayor, y se respete divergencias menores, que, por ley dialéctica, se convierten en discrepancias mayores.
La noción de unidad en la diversidad degenera con frecuencia en un tipo de alianza filistea, referido a tipos de relación política basada en conveniencias individuales, carentes de principios o sensibilidad, donde los más hábiles pactan para imponer privilegios irritantes.
La ideología tampoco cataliza la unidad partidaria, como lo demuestra el hecho de que mentados partidos de la clase obrera como los comunistas de la Unión Soviética (PECUS), de Cuba, (PCC) y de China (PCCH), devinieron en entes dominados por elementos de la pequeña burguesía o burocracia intelectual.
Juan Bosch comprendió ese fenómeno al sufrir la amarga experiencia de no poder ayudar a convertir al PRD en un partido de liberación nacional, porque la mayoría de sus dirigentes procuraban servirse antes que servir a una causa política o social.
En el Partido de la Liberación Dominicana, Bosch ideó un tipo de contrato cerrado que garantizaría la unidad partidaria: los Métodos de Trabajo y la Unificación de Criterio, mediante los cuales el militante debía obedecer a un catálogo ético y político que obligaba a ejercer un tipo de centralismo democrático.
Penosamente, en el PLD de hoy, los grupos pretenden estar por encima del partido y ejercen presión interna y externa que ponen en peligro el anhelo de consolidación de un tipo de unidad alrededor del propósito que Bosch encomendó a esa organización: el de completar la obra inconclusa de Juan pablo Duarte.
Los precandidatos presidenciales del PLD, por fuertes que sean o se crean, deberían entender que sin unidad no hay triunfo y que la derrota sería perjudicial para todos los segmentos grupales, pero catastrófica para una nación que en solo dos anos de desgobierno perdió el 23 por ciento de todas sus riquezas e incorporó más de un millón de personas al segmento de pobreza y pobreza extrema.
Al PLD hay que suministrarle cuanto antes una vacuna múltiple contra el sectarismo, grupismo y oportunismo, como garantía de alcanzar unidad basada en los principios, donde cada cual procure competir con ventaja, con razón y sin sobrepasarse.

