Sería un gesto de ruindad, no reconocer la buena voluntad del presidente Luis Abinader, al emitir el decreto 365-23 que busca modernizar la educación dominicana y establecer una agenda de prioridad para ese sector, vital para detener la degradación social a la que está sometida la sociedad dominicana.
Es justo admitir, que después de esa lucha hermosísima para conquistar el 4 por ciento para la Educación, todos los presidentes han hecho un esfuerzo que ha resultado vano, pues hay fuerzas estructurales y específicas que coadyuvan a la dilapidación de los recursos del famoso 4 por ciento.
Nadie duda que la educación dominicana, no sólo está estancada, sino que retrocede, al presentar nuestros estudiantes niveles muy pobres en lectura, ciencia y matemáticas, de acuerdo a los resultados de la prueba PISA. Las razones de este pobre desempeño son claras: la politización en la educación, pues es innegable que la ADP presta mayor atención a los mandatos de su partido, que a la deficiencia de nuestro alumnado.
Nuestros maestros, salvo honrosas excepciones, no son cultos, los aumentos que han recibido del 4 por ciento, han sido usados para mejorar su calidad de vida, pero no han incluido su capacitación, dicho con más propiedad: no compran libros.
El deterioro de la educación dominicana se refleja en una decadencia social, que debe ser analizada de una manera holística, como un todo. La clase política sabe perfectamente que el auge de las drogas en todas las esferas sociales, hiere de muerte a la educación dominicana, pues impacta directamente a la familia.
He sostenido que las normas elementales de cortesía deben proceder de la familia.
No nos llamemos a engaño, nuestra sociedad está llena de jóvenes zombis, como resultado del consumo de drogas y los espacios públicos están abarrotados con canciones vulgares que nuestros niños cantan y bailan y no existe una autoridad que haga cumplir la ley. De todas maneras, bienvenido sea el decreto 365-23, emitido por el presidente Abinader.
Por: Ramón Rodríguez
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