Apenas era un niño cuando recibí mis primeros conocimientos políticos mediante las charlas radiofónicas que ofrecía el profesor Juan Bosch con motivo de la campaña para los comicios del 20 de diciembre de 1962. Previamente, el triunfo de la Revolución Cubana y la caída de Trujillo, llenaron de entusiasmo a la juventud dominicana. Ese entusiasmo contagiaba a los menores.
Bosch ganó con poco menos del 60%, pero la alegría no duró mucho. Vino el derrocamiento, el Triunvirato, la Guerra de Abril, la Intervención Militar, la imposición de Balaguer y el terror político de los doce años. En ese ambiente correspondió desarrollarme y militar desde temprana edad en el PRD, hasta llegar a su Comité Ejecutivo Nacional al iniciar los 90.
Con la muerte del doctor Peña Gómez, en 1998, y su ascenso al poder, en el 2000, el PRD inicia un proceso de derechización, abandona sus orígenes, se desconecta de los sectores humildes e interrumpe las relaciones internacionales, hasta convertirse a lo que es hoy y que el suscrito había anticipado, hace varios años, en este mismo diario.
Hace 4 años y varios meses que no pertenezco a ningún organismo del PRD, pero a finales del año pasado el doctor Esquea Guerrero me solicitó su colaboración en sus aspiraciones a la presidencia de esa organización. Consciente de sus cualidades éticas, acepté. Hice aportes en comunicaciones, pero el proyecto no prosperó. Fue el último intento que hice por salvar el PRD, entidad a la que no tengo que renunciar, porque no me encuentro en ella.
Y hago la aclaración pública, porque el 99% (por no decir el 100%) de los dominicanos que me conocen, me atribuyen militancia perredeísta. Inclusive, muchos aspirantes a posiciones buscaron mi apoyo y ahora me procuran precandidatos a senadores, diputados y síndicos, a los que simplemente les puedo desear suerte.
Milité durante décadas en el PRD, pero sentido no tiene que una persona que actúa por las convicciones descritas más arriba se apegue a una sigla que lo ha perdido todo.
